-¿Cómo estas?.
Recordaba que me había gustado desde la primera vez que la vi, pero para ser sincero, estaba exponencialmente mas hermosa, haciendo que la idealización de la espera por volverla a ver, se tornara un tanto burda ante la bella presencia material que me ofrecía. Solo me basta decir que de su cabello un tanto oscuro, algunos rayos de oro se derramaban como luz sanadora diluyéndose en hermosa penumbra. Sus ojos eran miel ebullente, clara, suave y con un movimiento poco perceptible que atrapaba el alma de quien lograra percatarse.
-ahora si dime, ¿Por qué dudaste tanto en aceptar mi invitación?.
-no estaba dudando, sólo que he estado muy ocupada últimamente.
Llevaba dos semanas con una incertidumbre corrosiva. Desde la última vez que la había visto, que también fue la primera, logré juntar el valor suficiente para llamarla y con indiferencia tajante, respondió a cada línea que torpemente logré articular, en medio de las cuales solo se lograba distinguir una invitación, que tal vez por cortesía o una muy consiente maldad, aceptaba con la condición que llegado el día, ella me llamaría para confirmar el sitio y la hora. Sobra decir que desde que mi mente tomó conciencia en la mañana, todo el día estuvo fija sobre el recuerdo que logré capturar de aquella figura bañada en fina miel. Cada hora pasaba con una condenada espera que clavaba en mi impaciencia, cada maldito minuto que iba quedando atrás. La noche llegó y la posibilidad de su llamada, quedó totalmente aniquilada. Mi cabeza se mataba tratando de buscar explicación. Un intento desesperado por no aceptar el hecho de haber sido olvidado por alguien que en realidad no había adquirido conmigo ningún compromiso distinto al recordar mi existencia, como algo diferente que le pudo haber pasado un día cualquiera en una circunstancia no cotidiana, pero sin trascendencia.
Pasaron nuevamente los días y las ganas de volverla a ver pudieron más que mi vergüenza. Duré diez minutos con el celular en la mano, con su número en la pantalla, dándole la orden a mi pulgar derecho de oprimir el botón de discado, pero mi instinto de supervivencia bloqueaba el comando biológico.
-aló.
-¿María?.
-Sí, ¿con quien hablo?.
¿con quien hablaba?, ¿qué le podía decir?. Hablas con alguien, un tipo simple que una vez fue alcanzado por el aroma de la miel que derraman tus ojos y que se perdió en tus curvas desquiciantes que desembocaban en el suelo, haciéndome aterrizar en el asfalto frío y duro, obligándome a entender con crueldad que la delicia de tu presencia, es un don no dado a diario a los mortales. Hablas con aquel, en cuya retina tu silueta quedó estampada, interponiéndose entre mi cotidianidad y un mundo de sueños en el que nuevamente vuelves a tener rostro y color, ese color café claro de aroma suave y terso al tacto.
De alguna manera no muy ridícula me logré hacer recordar. Por su parte ella se limitó a la misma excusa que me daría muchas veces desde ese momento en adelante ((que pena contigo, pero es que he estado muy ocupada)), completando con la información que estaba a punto de presentar un parcial, lo cual era un claro requerimiento para que fuera lo más breve posible. De alguna manera logré que mis sílabas conformaran palabras, que tomaron sentido en medio de una frase temerosa de invitación, que nuevamente fue contestada con que ella me llamaría llegado el día, para indicarme la hora y el sitio.
No hay que decir lo obvio. Nuevamente amaneció y otra vez mi atención se centró en esperar la más breve vibración de mi celular, en espera de que emitiera esa voz que con la más tenue honda atrapaba mi cordura, pero nunca paso y la noche cerró el día, sepultando mi ansiedad con toneladas de desilusión.
En un punto la resignación ya era material y lo días volvieron a la normalidad con su recuerdo aún vivo, picando mi ansiedad. María llegó a convertirse en la evocación de una dama blanca que cruzó su magia en mi camino, para estamparse en mis noches profundas de sueños heroicos, en dónde yo sería aceptado sin la más mínima vacilación.
Todos los días las razones eran motivos debatidos en mi mente. Conjeturas inocentes de por que me podría llamar, y tajantes verdades de sus evasivas. Lo cierto es que un día equis de mi memoria, tal vez por la maldad y diversión de saber que puede someter, su característico timbre de voz del parlante de mi teléfono me sentenció:
-¿sabes con quien hablas?
Hay una frase que dice: “me dejaste sin aliento”. Para mi no aplicó, la verdad casi muero asfixiado. Cada célula de mi cuerpo vibró haciéndome sentir que mi dermis se encogía y mi siempre segura postura, fue cambiada por un devoto mortal sorprendido por la voz proveniente de la estatua de su Dios. De nuevo me explicaba que la universidad, que su familia, que una cosa, que la otra, en realidad poca atención le presté, lo único importante era que me había llamado, y de la misma manera como a Moisés al inicio no le importaba lo que decían en aquellas tablas talladas en la roca, sino el hecho de que eran centellas divinas las que las escribían, así mismo lo relevante era que me había llamado, esa era la verdadera magia celestial que se manifestaba frente a mi. Dos horas después volví en mi, para decirle adiós a mi descanso nocturno, reemplazado por una sonrisa deformadora pero tibia.
Una semana mas tarde, luego de dos plantadas más, allí la tenía, la presencia de embrujo que con solo una tarde a su lado, por más de un mes había jalado mi alma en cada momento de ocio y despreocupación. Fuimos a la bohemia misma convertida en bar, una bella casona antigua oscurecida por la complacencia de la pasión, adornada con extrañas esculturas talladas por tunjos dorados, que desde siempre habían habitado aquella edificación colonial. El olor de la madera de las columnas, se fundía con los licores, creando así la mas dulce mezcla medieval que mi gusto hubiera probado.
En medio de todo aquello, estábamos ahí. Cada uno sentado a un extremo de la mesa. Ella contándome como es ser una deidad, mientras yo simplemente la miraba con asombro y devoción. Me enloquecía cuando tímidamente me decía que dejara de mirarla de esa forma. Por mas que me lo dijera, para mí era imposible, era un drogadicto frente a una pila de polvo de hadas, encerrado a solas en una habitación.
La noche fue pasando y de la vela que iluminaba nuestra mesa, emergía una cúpula de luz que nos aprisionaba en nuestra charla. Todo lo demás desapareció, la casa ya no estaba, ni mucho menos los otros clientes de lugar. El universo éramos ella y yo. Me contó de sus dos hermanas, la historia de su madre, el papá complaciente, en fin, toda su mitología que yo quería adoptar como religión. A pesar de ello, había una certeza, quería gustarle por lo que era, no quería ponerme máscaras ni vestir trajes ajenos. Su calor me motivaba a ser sincero, mostrarle mi humanidad de la misma forma en que siempre me he visto.
No sé que fue lo que pasó, pero algo en la noche funcionó. No sé como, pero este simple mortal, tal vez carpintero, arador o poeta de cantinas de tres pesos, estaba bebiendo de los mismos labios de Venus, desesperado por poderme llevar algo de su existencia, pero al mismo tiempo sintiéndome como un piloto japonés que alza vuelo hacia la excitación de la batalla, con la certeza que una vez agotadas las municiones, tendría que dirigirse como proyectil, terminando convertido en cenizas y escombros humeantes. La convicción de aquel beso, era que luego me dolería el alma al tener ella que regresar al firmamento, para ocupar su lugar lejos de mi simplicidad.
Los días han pasado y todas las madrugas me despierto afiebrado, con el corazón agitado y el vació más hondo en mi vientre, deseando tenerla a mi lado y tratando de convencerme que su existencia es material y no simplemente un maravilloso sueño convertido en pesadilla por la maldita adicción.

la historia es interesante, describe las emosiones cotidianas y pasajeras de un modo casi idolatra, en mi opinion con un escenario menos negativo y pesimista puede tener futuro, pues siempre es mas interesante leer cuando de fondo existe ilusion o el final no es tan predecible.
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