martes, 30 de noviembre de 2010

ITSY BITSY

Itsy Bitsy la bella encantada, despertó esta mañana como siempre extasiada.  Corrió las cortinas de sus ojos, los rayos púrpuras destellaron en la habitación y el cielo verde más despejado nunca había estado, en él las aves danzaban en su baile de cardumen distrayendo a los patos que sobre la arena nadaban.  Itsy Bitsy se asoma a su ventana como cada mañana y aspira una línea de existencia que la relaja.  Las amapolas del jardín saludan a la estrella del marco esquinero de la casa, y le ofrecen sus opios en son de amor y desprendimiento terrenal.

Janis hace varias horas levantada, un tanto desesperada y con ansias de volar, prepara un desayuno de lunas estrelladas, arenas del Sahara y jugo de mares con poco dulce para combatir la resaca de la impaciencia. Bitsy a consumir, grita Janis, la pequeña se desliza por las aguas y atraca cerca al comedero, saluda a las faunas y las floras y da un beso a su progenitora.  Hola bella Janis con tu alo de maraña alrededor de tu cabeza, hola bella Janis con tus ropas de hierba, hola bella Janis con tu aliento a sintéticos.  Hola bella Itsy acompañada de Bitsy,  hola pequeña bola de opio que se deshace en mi garganta, pequeña hojita que se consume en mis dedos y te aspiro para que vivas a salvo en mis pulmones.

Itsy Bitsy unta las lunas estrelladas con un poco de constelaciones y sumerge su lengua en los coloides de sabores azufre, café y amor.  Janis la contempla temblorosa y sudorosa, su nerviosismo descontrolado y masticar de labios esquizofrénico.  Termina pronto Bitsy y ve con el yerbatero a que me envié un poco de calma celestial, ese liquido transparente que deshace mi cuerpo y me lleva liviana como el aire a volar por todo el mediterráneo, mientras delfines alados se trepan de árbol en árbol, las mariposas casan a mi alrededor y los átomos se alimentan de mi aura.  Come rápido Itsy y llévate a tu Bitsy, para que mi rastro de luz quede impregnado por toda la casa, come rápido Itsy Bitsy para que vayas con el yerbatero y traigas un poco de su bella fragata de sentidos para que navegue desde mi Hornos hasta mi Beiring.

Calma Janis, sólo me cubro de noche y me pinto un poco con sangre para poder ir por tu psicodelia, calma Janis, vuelvo pronto con sumo de mar, selva, desierto y una pizca de insanidad.

Vestida con su capa de inocencia y dos trencitas de bella confusión, sale Itsy Bitsy a caminar, va destino al yerbatero quien vive a dos calles de la incertidumbre y el sinfuturo.  Pasito a pasito camina sobre la travesía y sus huellas se despiden de ella, jurándole convertirse en viento al norte que la harán caminar sin estar, por todo el continente de los grilletes.  El sol siempre púrpura, extiende sus cabellos de oro y los deja trenzar por las negras jamaiquinas que viven un poco más abajo de las nubes.  Itsy Bitsy camina sobre una colina, sólo acompañada por el eco de sus pensamientos y una que otra iguana que se deja arrastrar.  La marihuanita animada, como siempre sonriente anda demente, no piensa en los malos, sólo besa a los buenos.  Itsy Bitsy relajada se acerca a los matorrales, llenos de fresas y espinas que las ofrecen pero castigan a quien las reciba.

La bella muñeca entra al bosque de ramas incendiadas que no queman nada, las hojas que se deshacen y llevan ceniza ardiente en pequeños huracanes, van abriendo el sendero poco transitado para que la pequeña Bitsy llegue a su destino.  Tararea la canción de la iguana y camina gloriosa por el bosque de las llamas.  Las tortugas en los árboles se espantan y salen a volar, los rayos púrpuras del sol se esconden y Bitsy al suelo cae empujada.  Desconcertada todavía no entendía lo que pasaba, qué era esta horrible figura que sobre ella se forzaba, de quien era ese horrible aliento que en su rostro respiraba, de quien eran esas feroces garras que sus piernitas agarraban.  Oh rica Itsy Bitsy, don de frescura infantil, dermis de nube y gelatina, con que así es que sabe el rostro de un ángel, con que así saben las lágrimas de un ángel, con que así es que se escuchan los gritos de un ángel.

Pobre Itsy Bitsy, belleza a destiempo, inocencia ultrajada, hela ahí sometida y humillada con su entrepierna ensangrentada y la cara empapada de baba almisclosa de esta bestia despiadada, cuyo placer es violentar la inocencia culposa de una niña que se levanta con sus días color púrpura y a quien su  madre le prepara lunas estrelladas, arenas del Sahara y jugo de mares para que vaya por un poco de psicodelia para calmar su esquizofrenia.

Pobre Itsy Bitsy, niña de los trescientos sesenta y cinco multiplicados por siete, ángel de los mares gaseosos y los vientos espesos.   Chiquita ten paciencia que la brutalidad tiene que terminar, el cerdo con espíritu de verde camuflado militar de encima de ti se tiene que quitar.  Pobre Itsy Bitsy, sólo intenta cubrirte y no te dejes golpear, piensa en Janis y escucha su summertime, la melancolía de su sonido te entristece con la realidad, pero te crea un goce masoquista por su belleza musical, deja que los acordes te lleven la mente de este cuerpecito violentado por el cerdo del espíritu verde camuflado militar.  Piensa que eres un alma que deambula por las cuerdas y cada acorde es tu queja de toda la maldita humanidad, vuela con el arpegio y el campaneo, deja que Janis hable por ti en medio de su propia desesperación.  Relájate Itsy Bitsy, pues sólo te queda esperar.

Ya hecha a la idea de su muerte, el angelito relajó sus restos y se limitó a ver como detrás de la cabeza de su poseedor, las hojas de los árboles seguían desvaneciéndose en cenizas.  De pronto un alo de brillo metálico dejó su rastro sobre el rostro del cerdo del espíritu verde camuflado militar, Itsy Bitsy sintió como la gelidez de la violencia de su agresor, comenzó a sentirse mas húmeda y caliente, reaccionó de repente y se vio bañada en rojo hemoglobina.  Vuelve en ti Itsy Bitsy, fíjate en los filos que traspasan una y otra vez al cerdo que te violo, date cuenta que por fin ha llegado tu salvador y lo esta desmembrando encima tuyo, fíjate bien en como lo corta y derrama todo un torrente de sangre sobre tu rostro y torso.  Reacciona Itsy Bitsy, que ahora son dos furias las que se baten sobre ti, una lúbrica que perece rápidamente, y una metálica que traspasa las carnes del porcino del espíritu verde camuflado militar.  Vuelve en ti Itsy Bitsy, aunque ya es demasiado tarde, tus esfínteres y mente se han ido a un lugar en el cual no pueden volver.  Vuelve en ti Itsy Bitsy para que puedas salir de esta institución mental.

martes, 23 de noviembre de 2010

LOS ANA NANITA NANA

-Podéis ir en paz.

El padre Alberto con sus brazos extendidos, daba por terminada la misa y dejaba en libertad a todos los creyentes para que pudieran ir a disfrutar su domingo.  Bajó apresurado del altar y casi trotando entró a la sacristía.  Sus ornamentos y enorme sotana blanca iban cayendo al suelo.  El cura quería librarse rápidamente de su uniforme de trabajo, dejando al descubierto una gigantesca panza velluda, que en algo alcanzaban a cubrir unas cafés y escurridas huevas.  Desde que ofició su primera misa, tenía la costumbre de no ponerse nada debajo.

Maria, la joven sacristana voluntaria, esperó a que el templo se vaciara para cerrar las puertas de la iglesia.  Se dio cuenta que era noche, corrió apresurada atravesando el enorme salón repleto de bancas, bellos vitrales, lastimeras figuras de santos mártires y un enorme vacío que producía terror con sólo pensar en pasar una noche a solas en tan horrible bodega.  Llegó a la puerta de la sacristía y la abrió con brusquedad, encontró a la panza peluda y las huevas escurridas acostadas sensualmente de lado sobre una mesa.  Era lívido lo que había en el aire, era deseo lo que goteaba por las piernas de María y era una erección lo que crecía bajo la panza del padre Alberto. 

Como fiera salvaje saltó sobre el cura, tomó su vestido enterizo y lo levantó hasta los senos.  ((Seguro que no hay nadie)), María frenó la pasión y miró hacia la puerta de la sacristía que había dejado abierta.  ((Sí, el otro cura se fue a dar misa a una vereda y no vuelve hasta mañana)).  Maria se sacó por completo el vestido gris de pepas negras y lo tiró sobre la sotana como si las ropas también fueran a fornicar.  No traía ropa interior, nunca se la ponía cuando iba de visita a la iglesia, acomodó su pelvis sobre la del cura y desangraron su pasión.

-Creo que es mejor que te vayas ya.
-Sí, la catequesis sólo dura una hora.
-Me deja bien cerrado cuando salga que últimamente están robando mucho en este pueblo.

El padre Alberto se quedó sólo, desnudo y tendido en su cama, con la maraña de pelos empastada por el sudor.  La sonrisa morbosa de satisfacción sexual no se le borraba de la cara, aún se saboreaba por las mieles de la sacristana, se pasaba la lengua por los labios tratando de recordar cada instante de la sagrada fornicación semanal.  Cada semana hacia el mismo ritual hasta que Morfeo lo arropaba con su manto de sueños, pero no se imaginó que esta noche sería distinta. 

Ya estaba a punto de dormirse cuando escuchó la caída de un objeto afuera de su habitación.  ((¡Sshhu, sshhu gato-gritó-hijueputas gatos)).  No se asustó, pensó que era el mismo gato maliciosos que merodeaba todas las noches sobre el tejado.  En fin, volvió a quedar en un estado intermedio entre el mundo de los sueños y la conciencia, pero el ruido de nuevo lo despertó, ((sshhu, hijueputa gato)).  De repente, una voz infantil muy penetrantemente aguda comenzó a cantar ((anananita nana nanita nana nanita eha)).  El cura Alberto se levantó asustado.

-¡¿Quién esta ahí?!, ¡quien está ahí!-gritó enérgicamente-malparida china dejó la puerta abierta.

Encendió la luz y salió de su pieza pero no encontró a nadie, buscó por toda la casa cural y el templo pero nada divisaba.  Miró todas las puertas y ventanas pero estaban bien cerradas.  Buscó y buscó hasta que se convenció de que estaba sólo.  Regresó a su cuarto y se acostó, pero de nuevo, anananita nana nanita nana nanita eha, mas agudo que la primera vez, anananita nana nanita nana nanita eha, más rápido, anananita nana nanita nana nanita eha, mas agudo, anananita nana nanita nana nanita eha, mas rápido y agudo.  ((¿Quién está ahí? ¿Quién esta ahí?)), gritaba asustado el cura pero no se atrevía a salir mientras los anananita nana nanita nana nanita eha seguían más rápidos y agudos.  (Padre nuestro que estas en el cielo….)), rezaba con la piel erizada de rodillas con un rosario en las manos.  Los anananita nana nanita nana nanita eha se fueron apagando hasta que lo hicieron por completo, Alberto consiguió paz y se volvió acostar. 

Aún alerta, cerró los ojos y ya comenzaba a entrar en sueños, cuando sintió que el pasador de su puerta se corría desde adentro y la chapa comenzó a girar.  El cura aterrado se tapó la cara con su cobija, temblaba de miedo y sintió que se moría cuando escuchó la puerta abrirse por completo y el caminar pausado de un ente que se desplazó por el lado de la cama y entró por la única puerta que tenía el baño de la habitación.  Le temblaban las entrañas, pero las tensionó y sudó el poco valor que le quedaba, levantó levemente la cobija y recorrió con su mirada el cuarto, al no ver a nadie se sintió mas seguro y se puso de pié para revisar el baño.  Camino lenta y tortuosamente, llegó al umbral y se detuvo para observar.  Estaba oscuro y la baldosa fría.  Un helage mortuorio lo invadió y en la penumbra dos ojos rojos iracundos y desquiciados brillaban y quemaban el temor del padre Alberto.  El incandescente resplandor demoníaco cegó al clérigo y una enorme fuerza lo sujetó por los brazos y lo lanzó por los aires hasta su cama.  El cura sentía como el frío lo penetraba e impedía mover el cuerpo y como la fuerza le oprimía el pecho hasta la asfixia.  Ya morado y con pensamientos póstumos en la cabeza, Alberto recordó sus clases de teología y exorcismos, si un ser diabólico no se iba con rezos, entonces era la madre a la que había que invocarle.

-malparido hijueputa espíritu de la mierda, tu madre te parió por el ano al igual que a tus hermanos.  Tu padre era un perro callejero que tu madre enlazaba para que la poseyera….

Quién lo iba a pensar, pero lo cierto es que poco a poco su pecho recobró su expansión normal y el frío aterrador fue abandonando su cuerpo.  Apenas pudo, se puso en pié, tomó su ropa y fue a pasar la noche en casa de una vecina rezandera.

-¿padre que le pasó, que eran esas palabrotas?
-no Estercita, figúrese que me acaban de asustar…

El cura Alberto contó su historia a la feligrés, omitiendo los detalles verdaderamente escabrosos para la profesión sacerdotal.  El padre juró para sí mismo respetar su voto de castidad, pero fue uno de esos juramentos que duran una semana, después de todo es pecado pasar por alto la sagrada fornicación semanal.

jueves, 11 de noviembre de 2010

CUATRO LLANTAS POR BOGOTA

Vagando por más de dos horas, Hernando trataba de buscar clientes. En su pequeño taxi amarillo recorría las calles deshabitadas, en las que la soledad deambulaba por las aceras y el silencio la acompañaba. Las cuatro llantas dibujaban su paso sobre el asfalto y recorrían la ciudad sin ninguna dirección que no fuera una imprevista mano alzada y una billetera capas de pagar la carrera.  Ya para las dos de la madrugada, convencido de que la mayor parte de la ciudad descansaba, tomó rumbo al corazón de la vida nocturna. No le gustaba meterse al Santa fé, pero siempre habían borrachos con plata que se despedían de las mercancías después de que ni el hígado ni el bolsillo aguantaban más y la paciencia de las putas se había acabado.

Las casas viejas y los talleres de mecánica que engrasaban la carretera con su aceite quemado y polvoriento, iban asomándose con la proximidad a la urbe del lenocinio. Subiendo la caracas con mares de hombres borrachos, lujuriosos o algunos ya satisfechos, Hernando se sumerge entre ebrios, putas y luces de neón, dejando tras de sí una estela de hondas que advierten a los clientes de un transporte mediático a los moteles o a sus casas, a dónde llegan a descansar junto a sus esposas con tufo y la billetera vacía.

Comienza a conducir despacio, él también se exhibe para que lo contraten y con paciencia aguarda afuera de los clubes. Se decide por estacionar frente a una enorme y humeada casa que tiene un portal en forma de puerta de cantina del antiguo oeste, las ventanas tapadas y un aviso brillante de un dulce que abre y cierra su envoltura mostrando una sexy muñequita de neon.  En la entrada, resguardando la puerta, están dos hombres corpulentos y una mujer de muestra. No le queda mas que hacer tiempo, la experiencia le ha enseñado que nadie espera mucho en el Santa fé, ni siquiera las sucias que trabajan en las cuadras mas oscuras, exhibiéndose en vitrinas de barrotes y un bombillo que alumbra la pobreza de sus almas.

Llevaba ya diez minutos aguardando, riéndose de las infaltables peleas nocturnas de las putas por algún cliente, cuando sintió que abrieron las dos puertas del costado derecho de su carro. En el puesto de adelante se sentó un moreno alto, con camiseta de béisbol ancha que le llegaba hasta las rodillas, blue Jean amplio, la cabeza rapada y un collar extravagante con dije de signo dólar, que le colgaba hasta la cintura.  Atrás abordaron otros dos con hablado paisa y destilando olor a cigarrillo. ((Cachaco arranca y danos vueltas que necesito encontrar a una pinta que se me perdió)). Hernando dio marcha evitando hablar, a los pasajeros no les importaba, pues llevaban su conversación alicorada y subida de tono.

-Mira parcero, esa sucia de la esquina que esta rechimba-dijo unos de los viajeros que estaba sentado atrás. - ya pasó por este santo cuerpecito.
-¿Sabe que parcero?, de la vuelta por la otra cuadra y le muestro a estos maricas unas costillas deliciosas que trabajan por allí.-dijo el otro que también estaba sentado atrás.
-¿aja y ustedes qué?, ¿muy arrechos?. Acaso se les olvida que estamos buscando al marica de Pito Loco. Compadre no les haga caso y siga dando vueltas-Dijo el que estaba sentado en el asiento de adelante.

Hernando siguió conduciendo entre las impúdicas calles del barrio Santa Fe, dando vueltas exploratorias en busca de un fulano Pito Loco, que al parecer había abandonado a sus amigos.  Los pasajeros continuaban con su parloteo, el aguardiente ya fluía por copas que pasaban de mano en mano, avivando el gaznate de los conversantes.  El olor distraía a Hernando, lo hacia recordar que en dos días ya cumpliría un largo semestre de sobriedad, que le había costado el único placer por el cual en un tiempo estuvo decidido a dar su vida.  Su aliento fiestero y resaca diaria era distinción propia entre sus amigos.  Zambullido entre copas y flotando sobre charlas incoherentes con sus cómplices de parranda, fue perdiendo poco a poco a la bruja gorda y cantaletosa, que sin importar cuantos días pasara por fuera de la casa, siempre estaba alerta y preocupada por el paradero de su marido, y cuando salió volando en su escoba, se llevó consigo al retoño concebido en uno de los muchos taxis en los que había trabajado.  Se dejó de remembranzas y puso cuidado a su camino.  De repente el pasajero de adelante lo hizo frenar de golpe, ((¡para, para cachaco!, maricas mira’ al huevon ese.  Hijueputa tan fresco como se pasea por acá.  Vamos a darle noche buena a ese marrano pa’ que aprenda a ser varón y cumpla su palabra)).  Debajo de su enorme y escurrida camisa, el moreno sacó un revolver plateado con cacha de madera, lo puso entre sus piernas y abrió el tambor para revisar las balas. 

-¿hijueputa vida, en que me metí, en que me metí?- Hernando repetía en su mente
-¿cachaco, si ves al tipo de gorra y camisa amarilla?, acércatele despacio y frena al lado.

Manejó lo mas lento posible, el pié derecho le temblaba y lo tenía listo para empujar a fondo el acelerador cuando el gatillo le diera la orden de partida.  Comenzó a reprocharse a sí mismo el no haber trabajado de día para poder descansar en la noche y así no estar buscando problemas transportando sicarios burdos y mal hablados.  Cuando la nariz del carro ya estaba a diez centímetros del tipo de gorra y camisa amarilla, éste se dio vuelta y sonrió con familiaridad a los hombres que venían en el carro.

-Costeño marica, lo he estado buscando toda la puta noche.  Tome su plata y disculpe la tardanza.
-Eche, que buscándonos ni que mierda, si nosotros no hemos hecho sino joder y tomar en todos estos puteaderos.-El hombre puso el seguro a su revolver, lo dejo entre las piernas y estiró la mano para saludar a su ¨conocido¨.
-Marica tome su plata y gracias.

El costeño recibió un fajo de billetes y comenzó a contar que fuera la cantidad correcta.  Un caudal de sudor frío bajaba por la espalda de Hernando, su piel y los bellos erizados le causaban gran agonía, pero se restableció rápidamente y agradecía a la virgen del cerro de Guadalupe cuya silueta era delimitada a lo lejos por la luz de la luna. 

-Esta completo.  Arranca cachaco-sin un adiós ni aviso de advertencia para el moroso, el costeño ordenó seguir el viaje-Eche, ahora si vámonos a buscar unas muchachonas bien buenas pa’ pasar la noche.

Cauteloso y aún un poco pasmado, Hernando condujo despacio para que los compradores pudieran observar bien detalladamente la exhibición de minifaldas y blusas ombligueras.  Trigueñas, caucásicas, peli rojas, altas, bajitas, gordas y flacas, de todo hay en la viña de los proxenetas.  Un carro no puede estacionar en las atestadas y luminosas calles del Santa fe, sin que un alcahuete se acerque a ofrecer su catálogo de variedades.  Con cara de hastío y sonidos de descontento, los lujuriosos pasajeros no encontraban el dulce ideal para satisfacer sus paladares.  Al final rechazaron los mostrarios y decidieron navegar entre los edificios viejos, llenos de luces y música estridente a todo volumen.  Buscaron por varios minutos sin encontrar unas bragas para quitar, hasta que en un semáforo inútil e irrespetado a esas horas, una bella morena somnolienta y pintorreteada esperaba su bus con unas medias enmalladas, minifalda negra apretada y un escote rojo que apenas cubría el ecuador de sus senos.

-¿Cuánto por la noche, bizcochote?-preguntó el costeño jefe del grupo.
-No gracias corazón, ya me voy a descansar.
-No te vayas que esto se compone, vente con nosotros y la pasamos vacano.
-No, en serio estoy muy cansada-dijo la mujerzuela rechazando su trabajo.
-No seas rogada negra, vente con nosotros que te pagamos bien-dijo uno de los viajeros de atrás.
-No, ustedes están muy borrachos y les da por joder toda la noche.
-¡qué va!-el costeño con risita bulliciosa-nosotros ya estamos borrachos y eso tiramos poquito, ándale que sólo es para pasar la noche.

Terminaron convenciéndola y tomaron rumbo a los moteluchos de la Caracas.  Hernando por fin pudo deshacerse de su carga y añadió unas millas más de historias a su kilometraje de perro viejo conductor.  Cansado y asustado no arriesgó mas por la noche y se decidió por descansar, las luces de los postes le iban alumbrando el rostro de una en una, mientras se deslizaba junto a las alargadas y metálicas estaciones de Transmilenio.  Se percató de un resplandor titilante en el asiento de al lado, miró y sonrió con ironía cuando observó que una bala había escapado de la recámara del revolver y allí, junto a su lado, resplandecía y bailaba con el movimiento del taxi.

lunes, 1 de noviembre de 2010

UN DIA FRIO

Acostado de lado sobre el pavimento, con los ojos entrecerrados para evitar que el salpicar de las gotas le lastimaran los ojos, Antonio ya se resignaba únicamente a ver como el vapor de su aliento se diluía entre los pies de los pocos transeúntes que pasaban a su lado.  Había abandonado la idea de suplicarles ayuda, no aguantaba sentir nuevamente las miradas asqueadas o las expresiones de indiferencia, así que simplemente se dejó caer en la calle, a morir en silencio en medio de la bullosa y fría ciudad, en la que sus quejidos pasaron desapercibidos, ahogados por el fuerte ronroneo de los motores de los coches y los pasos afanados de quienes intentaban buscar refugio de la lluvia.

Con dificultad, aún intentaba mirar hacia el cielo en busca de su divino salvador, pero los enormes y sucios edificios se le interponían, a cambio de eso, le escurrían sus aguas negras, ensopándole aún más la enmarañada y mal oliente barba.  Sentía que hasta los inertes rectángulos de concreto le expresaban asco, rebajándolo a lo más inferior de la existencia, jactándose de sus interiores cálidos, reservados únicamente para los que dignamente aún se les puede llamar ciudadanos.

Ya no sentía el tacto, sabía que todo su cuerpo temblaba por el frío, pero sus extremidades no le respondían.  Tenía miedo, nunca imaginó morir de una forma tan incomprensible, tirado en el asfalto, observando a unos cuantos que pasaban a su lado, sin que les preocupara en lo más mínimo la figura derrumbada ante ellos.  Tenía la certeza de la proximidad del apocalipsis, sin que por su mente se pasara el recuerdo de su familia abandonada, ni la más mínima idea de remordimiento por dejarse caer en aquel abismo sin fondo en el que se convirtió su vida.  La humillación era la única sensación distinta al helage, inundando sus ojos con lágrimas que dolían mientras se formaban bajo sus párpados, llenando de impotencia el poco sentir que aún le quedaba.  Estaba aterrado, le temía a la muerte así viviera a diario en la inmundicia.  Su expresión era la imprenta de la incertidumbre ante los sentimientos muertos de los caminantes que, ante su presencia, se limitaban a ignorarlo.

Con más de una hora sin poder moverse, y con cada célula consiente de su estado de desahucio, llegó el punto en que su mente comenzó a fracturarse.  Tal vez el hielo que le calaba el espíritu se empezó a desquebrajar, haciéndolo sentir una cálida sensación, un estado en el que la conciencia del fin hacía que todo dejara de importar, poniéndolo feliz por cada bocanada de aire que aspiraba, pues con cada una que exhalaba, más se acercaba a la paz.  Entendió que era la muerte que había llegado para reconfortarlo, así que la recibió con amor.

Poco tiempo después, un policía del sector que hacía su ronda en compañía del auxiliar, colmó su paciencia al ver dormido al habitante de la calle.  Se le acercó y con palabras de autoridad lo instó a levantarse, pero ante el silencio, lo pateó con la intensión de conminarlo a dejar su postura, dándose cuenta esta vez que aquello ya no era un humano caído a menos, sino un simple despojo ensuciando la ciudad.  Con su radio reportó al fallecido y dijo la ubicación exacta.  Luego volteó hacia su acompañante y con la mano le indico que debían seguir caminando.

-Vamos, sigamos patrullando.
-¿lo vamos a dejar aquí?.
-¿Quién se lo va a llevar?.