lunes, 11 de octubre de 2010

EL PERDON DIVINO


Fría madrugada en este ridículo mundo blanco y negro.  La espesa niebla se colaba entre cualquier espacio por el que pudiera entrar a mortificar aún mas a los ya torturados cristianos que habitaban la casa.  La madre despierta desde las cuatro y media, deseosa miraba el reloj con el anhelo de que las manecillas dieran las cinco para ir a cumplir con su morbosa tarea.  Aún inconscientes bajo la protección de Morfeo, pernoctaban las lastimeras criaturas, pero con su inconsciente ya despierto, maldecían a su madre que en instantes atravesaría el umbral de su cuarto y con voz tajante y sin derecho a replica daría la nefasta orden.

-¡A levantarse que hay que ir a misa de seis!

En silencio, con sus ojos aún enlagañados, apretaban su dentadura tratando de no atragantarse con el odio tan enorme que despertaba en sus pequeños y lánguidos despojos que tenían por cuerpo el sinuoso hábito de rendirle culto a un desnutrido y maltratado ídolo al cual sin importar cuanto se le rezara, nunca cumplía con lo pedido.

Después de abandonar su tibio y protector lecho, el petizo Martincito, esperaba que fuera su hermana la primera en sentir las gélidas aguas que salían de la llave como mil cuchillas penetrando hasta el más escondido y recubierto hueso.  A Martín le gustaba bañarse de último para poder jugar con el espejo empañado e imaginar que tanto vapor provenía de una ducha caliente, sin embargo cuando tenía que enfrentarse al grifo, lo hacia despacito y con ternura infantil, como tratando de simpatizarle al agua para que no lo castigara con su helado latigazo.

Ya la familia entera, vestida y arreglada, salía a la calle con sus lúgubres trajes oscuros y desgastados.  Martincito apretado en su vestido que hace mucho debió ser desechado, rogaba a Díos o al mismísimo diablo, que por primera vez en sus cortos años, el doloroso perdón a sus pecados no lo dejara muy maltratado.

La triste ciudad de casas grises y ciudadanos ahumados, rendía su excepción en el templo del sagrado corazón.  La iglesia grande y deslumbrante se erguía frente a una penumbrosa plazoleta llena de prisioneros de fé y creencias.  Cuando se atravesaba la enorme puerta, se veía al fondo esculturas en oro, mármol y vestidas en finas sedas púrpuras y negras. 

El sermón apenas comenzaba y Martín ya sentía sus tripas crujir.  Todos sin excepción alguna escuchaban la palabra de Cristo, y humillados permanecían concentrados.  Cuando había que levantarse se levantaban, cuando tenían que arrodillarse se arrodillaban, todos al unísono guardando una formación perfecta de la cual los espartanos hubieran sentido envidia.

Se acabó la misa, todos los niños eran llevados por sus madres a los aposentos del cura, quien los confesaba en privado.  Todos los pequeños frenaban sus pasos, con el ánimo de que sus padres vieran la angustia que despertaba en ellos el perdón divino.

Los padres tomaban fuertemente de las manos a sus hijos y los tiraban a la fila que en hilera conducía al escucha del divino.  Una vez adentro, Martincito a solas con el cura, se inclinó e hizo lo de costumbre, lo que la santa iglesia mandaba.  Se puso de rodillas frente al cura cuya verga sobre la sotana se alzaba, tomó su miembro, lo introdujo en su boca y comenzó a confesar sus pecados en voz alta.  Cuando el cerdo ayudante de Jesús se sintió saciado, tomó al niño lo inclino y su sucio harapo de pantalón le bajó hasta las rodillas.  ((¡Oh san Martín llena a este niño con tu gracia hasta el fin!, ¡Oh san José, haz que el pequeño ningún pecado vuelva a cometer!)).  El cura continuaba con su retahíla de oraciones mientras penetraba el trasero del pequeño de siete años, que a pesar de su edad ya había sido victima de una inquisición anal.

-¿mijo, qué penitencia le puso el padre Fermín?.
- Díez padres nuestros y no poder sentarme ni dormir boca abajo durante tres días.
- Cosas raras las de mi Díos, no mijo.

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