Vagando por más de dos horas, Hernando trataba de buscar clientes. En su pequeño taxi amarillo recorría las calles deshabitadas, en las que la soledad deambulaba por las aceras y el silencio la acompañaba. Las cuatro llantas dibujaban su paso sobre el asfalto y recorrían la ciudad sin ninguna dirección que no fuera una imprevista mano alzada y una billetera capas de pagar la carrera. Ya para las dos de la madrugada, convencido de que la mayor parte de la ciudad descansaba, tomó rumbo al corazón de la vida nocturna. No le gustaba meterse al Santa fé, pero siempre habían borrachos con plata que se despedían de las mercancías después de que ni el hígado ni el bolsillo aguantaban más y la paciencia de las putas se había acabado.
Las casas viejas y los talleres de mecánica que engrasaban la carretera con su aceite quemado y polvoriento, iban asomándose con la proximidad a la urbe del lenocinio. Subiendo la caracas con mares de hombres borrachos, lujuriosos o algunos ya satisfechos, Hernando se sumerge entre ebrios, putas y luces de neón, dejando tras de sí una estela de hondas que advierten a los clientes de un transporte mediático a los moteles o a sus casas, a dónde llegan a descansar junto a sus esposas con tufo y la billetera vacía.
Comienza a conducir despacio, él también se exhibe para que lo contraten y con paciencia aguarda afuera de los clubes. Se decide por estacionar frente a una enorme y humeada casa que tiene un portal en forma de puerta de cantina del antiguo oeste, las ventanas tapadas y un aviso brillante de un dulce que abre y cierra su envoltura mostrando una sexy muñequita de neon. En la entrada, resguardando la puerta, están dos hombres corpulentos y una mujer de muestra. No le queda mas que hacer tiempo, la experiencia le ha enseñado que nadie espera mucho en el Santa fé, ni siquiera las sucias que trabajan en las cuadras mas oscuras, exhibiéndose en vitrinas de barrotes y un bombillo que alumbra la pobreza de sus almas.
Llevaba ya diez minutos aguardando, riéndose de las infaltables peleas nocturnas de las putas por algún cliente, cuando sintió que abrieron las dos puertas del costado derecho de su carro. En el puesto de adelante se sentó un moreno alto, con camiseta de béisbol ancha que le llegaba hasta las rodillas, blue Jean amplio, la cabeza rapada y un collar extravagante con dije de signo dólar, que le colgaba hasta la cintura. Atrás abordaron otros dos con hablado paisa y destilando olor a cigarrillo. ((Cachaco arranca y danos vueltas que necesito encontrar a una pinta que se me perdió)). Hernando dio marcha evitando hablar, a los pasajeros no les importaba, pues llevaban su conversación alicorada y subida de tono.
-Mira parcero, esa sucia de la esquina que esta rechimba-dijo unos de los viajeros que estaba sentado atrás. - ya pasó por este santo cuerpecito.
-¿Sabe que parcero?, de la vuelta por la otra cuadra y le muestro a estos maricas unas costillas deliciosas que trabajan por allí.-dijo el otro que también estaba sentado atrás.
-¿aja y ustedes qué?, ¿muy arrechos?. Acaso se les olvida que estamos buscando al marica de Pito Loco. Compadre no les haga caso y siga dando vueltas-Dijo el que estaba sentado en el asiento de adelante.
Hernando siguió conduciendo entre las impúdicas calles del barrio Santa Fe, dando vueltas exploratorias en busca de un fulano Pito Loco, que al parecer había abandonado a sus amigos. Los pasajeros continuaban con su parloteo, el aguardiente ya fluía por copas que pasaban de mano en mano, avivando el gaznate de los conversantes. El olor distraía a Hernando, lo hacia recordar que en dos días ya cumpliría un largo semestre de sobriedad, que le había costado el único placer por el cual en un tiempo estuvo decidido a dar su vida. Su aliento fiestero y resaca diaria era distinción propia entre sus amigos. Zambullido entre copas y flotando sobre charlas incoherentes con sus cómplices de parranda, fue perdiendo poco a poco a la bruja gorda y cantaletosa, que sin importar cuantos días pasara por fuera de la casa, siempre estaba alerta y preocupada por el paradero de su marido, y cuando salió volando en su escoba, se llevó consigo al retoño concebido en uno de los muchos taxis en los que había trabajado. Se dejó de remembranzas y puso cuidado a su camino. De repente el pasajero de adelante lo hizo frenar de golpe, ((¡para, para cachaco!, maricas mira’ al huevon ese. Hijueputa tan fresco como se pasea por acá. Vamos a darle noche buena a ese marrano pa’ que aprenda a ser varón y cumpla su palabra)). Debajo de su enorme y escurrida camisa, el moreno sacó un revolver plateado con cacha de madera, lo puso entre sus piernas y abrió el tambor para revisar las balas.
-¿hijueputa vida, en que me metí, en que me metí?- Hernando repetía en su mente
-¿cachaco, si ves al tipo de gorra y camisa amarilla?, acércatele despacio y frena al lado.
Manejó lo mas lento posible, el pié derecho le temblaba y lo tenía listo para empujar a fondo el acelerador cuando el gatillo le diera la orden de partida. Comenzó a reprocharse a sí mismo el no haber trabajado de día para poder descansar en la noche y así no estar buscando problemas transportando sicarios burdos y mal hablados. Cuando la nariz del carro ya estaba a diez centímetros del tipo de gorra y camisa amarilla, éste se dio vuelta y sonrió con familiaridad a los hombres que venían en el carro.
-Costeño marica, lo he estado buscando toda la puta noche. Tome su plata y disculpe la tardanza.
-Eche, que buscándonos ni que mierda, si nosotros no hemos hecho sino joder y tomar en todos estos puteaderos.-El hombre puso el seguro a su revolver, lo dejo entre las piernas y estiró la mano para saludar a su ¨conocido¨.
-Marica tome su plata y gracias.
El costeño recibió un fajo de billetes y comenzó a contar que fuera la cantidad correcta. Un caudal de sudor frío bajaba por la espalda de Hernando, su piel y los bellos erizados le causaban gran agonía, pero se restableció rápidamente y agradecía a la virgen del cerro de Guadalupe cuya silueta era delimitada a lo lejos por la luz de la luna.
-Esta completo. Arranca cachaco-sin un adiós ni aviso de advertencia para el moroso, el costeño ordenó seguir el viaje-Eche, ahora si vámonos a buscar unas muchachonas bien buenas pa’ pasar la noche.
Cauteloso y aún un poco pasmado, Hernando condujo despacio para que los compradores pudieran observar bien detalladamente la exhibición de minifaldas y blusas ombligueras. Trigueñas, caucásicas, peli rojas, altas, bajitas, gordas y flacas, de todo hay en la viña de los proxenetas. Un carro no puede estacionar en las atestadas y luminosas calles del Santa fe, sin que un alcahuete se acerque a ofrecer su catálogo de variedades. Con cara de hastío y sonidos de descontento, los lujuriosos pasajeros no encontraban el dulce ideal para satisfacer sus paladares. Al final rechazaron los mostrarios y decidieron navegar entre los edificios viejos, llenos de luces y música estridente a todo volumen. Buscaron por varios minutos sin encontrar unas bragas para quitar, hasta que en un semáforo inútil e irrespetado a esas horas, una bella morena somnolienta y pintorreteada esperaba su bus con unas medias enmalladas, minifalda negra apretada y un escote rojo que apenas cubría el ecuador de sus senos.
-¿Cuánto por la noche, bizcochote?-preguntó el costeño jefe del grupo.
-No gracias corazón, ya me voy a descansar.
-No te vayas que esto se compone, vente con nosotros y la pasamos vacano.
-No, en serio estoy muy cansada-dijo la mujerzuela rechazando su trabajo.
-No seas rogada negra, vente con nosotros que te pagamos bien-dijo uno de los viajeros de atrás.
-No, ustedes están muy borrachos y les da por joder toda la noche.
-¡qué va!-el costeño con risita bulliciosa-nosotros ya estamos borrachos y eso tiramos poquito, ándale que sólo es para pasar la noche.
Terminaron convenciéndola y tomaron rumbo a los moteluchos de la Caracas. Hernando por fin pudo deshacerse de su carga y añadió unas millas más de historias a su kilometraje de perro viejo conductor. Cansado y asustado no arriesgó mas por la noche y se decidió por descansar, las luces de los postes le iban alumbrando el rostro de una en una, mientras se deslizaba junto a las alargadas y metálicas estaciones de Transmilenio. Se percató de un resplandor titilante en el asiento de al lado, miró y sonrió con ironía cuando observó que una bala había escapado de la recámara del revolver y allí, junto a su lado, resplandecía y bailaba con el movimiento del taxi.

La historia esta muy bien narrada capta la atenciòn del lector.
ResponderEliminartanto los lugares como los personajes nos reflejan una realidad latente.