jueves, 21 de octubre de 2010

PEQUEÑO ANGEL

Hay una muchacha, no se si la abran visto, que toca violín en el parque nacional junto a la fuente central.  Viste bellas faldas largas, cada una de un solo color, que se derraman varios metros a su alrededor como si el suelo que ella pisara y el que la rodea absorbiera el color de su prenda.  Siempre lleva blusas que le descuelgan en los hombros y muy levemente quedan por encima de la pretina de su falda, dejando ver un leve ápice de luz proveniente de su vientre.  Su cabello rojo y lacio cae siempre sobre su cara como cascada pura de fuego vertida en un manantial, tapando siempre su rostro como bello y mortal secreto nunca descubierto.

Siempre la he encontrado tocando su bello instrumento mágico, con el estuche abierto a unos cuantos centímetros de su alo de tela que la separa del mundo de los mortales y la conserva en un cilindro imaginario de inmortalidad y belleza.  Monedas esporádicas caen en el estuche alimentando el motor de las bellas manos que con gran finura producen bellos sonidos coloridos con sentimientos.  Alguna magia la hace imponer el ambiente en las personas que están en el parque.  Sus notas se esparcen por el viento, llegan a los árboles y se colan entre las ramas y las hojas, avistan a las aves las cuales se deleitan en silencio, el sonido sigue su camino y llego a los pástales en donde los amantes acostados se recubren con el manto de las ondas emanadas por el violín de Pequeño Ángel y se pierden en la pasión ensangrentada que se desata al compás del arco acuchillando las cuerdas.  Más allá del oasis en pleno corazón de la ciudad, el sonido sigue su camino, esquiva los viejos y grandes vagones de transporte que escupen denso humo y llega a los edificios, cuyos inquilinos deleitados suspiran con intensión de absorber la tonada.

Pequeño Ángel todas las tardes con su talento magistral manda y ordena el curso de la vida en el parque nacional.  Tocando su violín, con amor y simpatía, va creando bellas melodías que agradan y embelecen el paladar y el andar de la humanidad que la alcanza a escuchar.  Los pájaros serenos se alimentan en la grama y en conjunto abandonamos la ciudad para ir a danzar por los aires, impulsados por ondas musicales que nos acarician y nos hacen levitar.  Si su tonada es colérica y pesada, nuestras ansias se ponen a flor de piel, las aves revolotean en círculos y los árboles en coro mueven sus ramas para acompañar su furia.  Cuando toca con desolada tristeza los amantes se abrazan y se juran que nunca se van a separar, los solitarios lloramos y entramos en silencio mortal, los animales alados se refugian en sus nidos y se acompañan de su naturaleza ancestral.

Vengo meses viniendo por las tardes a escucharla tocar.  Consulto a mi bolsillo y le doy lo que puedo.
 
El primer día desprevenido andaba por la orilla de cemento que limita la séptima con el parque nacional, ensimismado estaba cuando fui enlazado por su sirénico tocar.  Atado por las ondas, era atraído sometiendo mi voluntad.  Entré emocionado al parque, deseaba divisar el bordoneo que me había atrapado y no me dejaba soltar.  Los árboles se mecían con afán de ocultar y las bancas desiertas me ofrecían antipatía, los novios acostados sobre la grama con desconfianza me miraban.  Todo allí odiaba compartir el sonido escapado del paraíso, querían conservar la quietud y soledad que permitía que la música diera vida a todo un ecosistema surgido en medio de la ciudad.  Caminaba desesperado, quería encontrar el origen de tan bello son.  Ya casi sin aliento y asfixiado, llegué a la fuente principal, aquella que por las noches es bañada en luz de reflectores y molesta a los novios quienes preferirían una noche espectral que fuera cómplice de sus pieles ávidas de caricias nocturnas.  Allí estaba ella, la ví por primera vez, su bella falda roja que se derramaba como sangre por varios metros en el parque, su blusa blanca y artesanal que descubría sus hombros de piel casi irreal.  Me aproximé, me urgía ver su rostro, pero cuando estuve cerca , la cascada de fuego la cubrió.  Su brazo izquierdo sujetaba el viejo violín desgastado por el uso, mientras sus dedos vibrantes producían eco en las cuerdas, su brazo derecho se mecía con el arco en la mano, lenta y sensualmente.

Pasaron días hasta que se me convirtió en rutina observarla.  Siempre quise abordarla y preguntarle su nombre, edad, aficiones y pasiones, pero siempre temí incomodar.  Preguntaba a los visitantes frecuentes del parque por el nombre de la violinista, pero ninguno daba razón más allá de un suspiro.  Me entristecía tener que guardarla en mi mente solamente como la violinista, así que un día decidido me acerqué, me puse frente al estuche y la mire a la cara que como siempre estaba cubierta por una roja aurora boreal, ella sintió mi presencia y alzo su mirada, sin descubrir su identidad, entre las llamas se alcanzaban a divisar unos bellos ojos enigmáticos y egipcios que me observaron por unos cuantos segundos con actitud inquisidora, mis intenciones claudicaron y me sentí mal por frenar la música por unos cuantos segundos.  Avisté la banca más cercana y me senté amargado y cabizbajo, entendí que nunca podría obtener de sus propios labios el nombre que a mi corazón hacia palpitar.  Decidí encontrar una solución y la bauticé con el nombre que primero salió de mi mente al verla detenidamente, Pequeño Ángel.

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