Adolorido por su artritis, Mario José intentaba dormir en su celda. Mientras lograba conciliar el sueño pensaba en el sobre falaz. Su piel se erizaba imaginando el papel. Durante cuarenta y cinco años, vio llegar escrita la libertad de otros. Recordó que al inicio el papel era amarillento, el contenido escrito a maquina y las palabras confusas entre las cuales la única que importaba era libertad. Con el tiempo fue cada vez más blanco y grueso, la rústica imprenta de la máquina de escribir fue reemplazada por la clara estampa de la impresora. Ninguno de estos cambios le disgustaba, excepto que quien escribía ahora las ordenes de libertad, ya no se tomaba la molestia de confundirlo con leguaje legal para descrestar.
El guardia tocó los barrotes con su macana con afán de incomodar al huésped. Mario José levantó su cabeza y disfrazó su dolencia con pereza. Se puso en pié y se acercó al guardia. Con cada paso que daba, su corazón se aceleraba más y más. Estiró su brazo pero primero contempló la mano del carcelero, que poseía en ella el sobre que contenía su vida de mañana. Muy soez lo entregó y se marchó. Mario José con ansias y angustia lo contempló pero no se decidió a abrirlo. Recordó su crimen, que con motivo o no, su vida le costó. Pensó en los cuarenta y cinco años encerrado en la misma celda, recorriendo los mismos patios, haciendo amistades pasajeras o de varias décadas. Teniendo en cuenta que se le encerró poco después de que los diez y nueve cumplió, comprendió que prácticamente se había formado como hombre en medio de criminales y rejas.
Su vida entera había pasado bajo ese techo y con la madurez aprendió que ese techo era su hogar. Allí lo cuidaban cuando se enfermaba, nunca pasó un día entero sin comer y para todos era un hombre de confianza. Mario José se dio cuenta que al salir no tendría donde vivir, sin el tratamiento que el Estado le daba, su artritis empeoraría día tras día.
Agobiado y amargado, su existencia maldecía. Respiró profundo, vio a su alrededor y encontró confort. Amaba su casa de celdas y torretas de vigilancia. Se acostó, su sabana lamió y su penetrante sudor reconoció. Mario José con su conciencia se batió y con su sabana se ahorcó.

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