jueves, 15 de marzo de 2012

RAPSODIA EN CUATRO PIEZAS: IV

CUARTA PIEZA:
OCASO
Y pasa la noche fría y pronto estaré con María.  La orquesta en pleno sube a la máxima nota y sentado allí observando, una sonrisa me dibuja el rostro.  Por fin calma, por fin alegría, se va el vacio de mi vida.

La proximidad me enloquece, mi corazón quiere explotar, mi piel se eriza y mis ojos lagriman, y a lo lejos, al voltear cada esquina, al abrir mis ojos luego de parpadear, al mirar el andar pausado del reloj, solo pienso en ella, aquella doncella que baila en el firmamento y con sus manos corta el viento, ella, cuyos labios lastimados amo besar, esa deidad de miel que me robó el sueño y me entregó al insomnio, que me sometió con solo saberla existir.

La materia misma vibra en sí, todo irradia, sé que próxima se encuentra.  Las espesas nubes se comienzan a despedir y valiente rayo de oro entre las tinieblas se logra colar, huele a miel, huele a rosas, huele a ella.

Y desde este suelo inerte, cuarteado por sequedad, comienzan a germinar las ansias desaforadas, la alegría estúpida y banal, pero constante y confortante.  Te veo, en cada centímetro de esta gran ciudad, en las montañas que a lo lejos nos rodean, en el cielo púrpura y clara y diáfana en mi interior. 

Aquí siempre has estado, aquí siempre estarás.  Aquí vienes, allá vas.  Hoy te escuché, anoche te soñé, mañana te tendré.  En mis brazos creces, en mi boca naces, en tus cabellos me pierdo y en tu cuello muero.

Sentados, allí arriba, justo sobre las nubes vemos el ocaso caer, consientes y alegres, sabiendo que no es el fin, sino el preludio de un nuevo día, un nuevo día junto a ti, un nuevo día con mi mano sintiendo la tuya, un nuevo día respirando tu exhalación, alimentándome de tus púrpuras mientras te meses en mis redes y en contingencias de energía nos volvemos un todo y un uno.

Callados, serenos y pausados nos miramos, no nos perdemos de vista y con el rostro sereno, entendemos como la enseñanza de pasado nos ha ayudado a cimentar todo esto que adoramos amar.  El sol naranja se proyecta en nosotros, despidiéndose iracundo por que decidimos amarnos en la oscuridad.

Un abrazo nos funde, tu eres rosas y miel y yo sólo soy un simple mortal.  Reconfortado me consumo en ti, mis carnes se incineran y mi cuerpo entero es absorbido por ti.  Soy feliz muriendo por fin en ti, llegando a tus lados mas profundos, alimentando tus células, siendo parte de aquello que te da energía para continuar.

Y juntos envejecemos mirando el ocaso, sabiendo que no es el fin, sino el preludio de un nuevo día junto a ti.

FIN
 

martes, 13 de marzo de 2012

RAPSODIA EN CUATRO PIEZAS: III


TERCER PIEZA
SOLO

Y en una confusión, en un remolino que desgarró mi piel y me arrojó al asfalto frio y áspero, me encontré en medio del monstruo de concreto, completamente solo, con la añoranza de tu cuerpo tibio recostado en mis brazos, pernoctando la madrugada entera mientras yo no podía dejar de mirarte, pero me veo reflejado en el vidrio dorado de un local cualquiera en el corazón de la capital, y me veo apartado de todo, sin tu presencia a mi lado.

Un solo de violín clava hondamente la angustia en mi alma, cada acorde va abriendo mi mente y sacando tu imagen a mi presente, haciendo más dolorosa la ausencia.

Te recuerdo María, te recuerdo adornando mis sábanas, te recuerdo ese primer día en una tarde fría, en que con indiferencia ignorabas que yo existía.  Te recuerdo luego, traída a mi por el azar y la ironía, tu mirada seria y trato descortés.  Recuerdo la primer sonrisa que te logré robar, recuerdo tu primer mirada de miel derramada en mi alma, no olvido el instante exacto en el que me sometiste para siempre, ganando un eterno devoto de tus labios lastimados, tus manos inmaculadas, suaves y pequeñas, adorador de aquellos ojos y cabellos de miel, toda tu cubierta por una fina y casi imperceptible capa de pétalos de rosas.

Te recuerdo ahora que deambulo por las calles sollozante, cabizbajo andante, espectro de reflejos.  En las multitudes añoro tu cabello revolotear y lo busco, lo busco y giro a todos lados esperando hallarte, pero luego recuerdo que no estas, que a kilómetros te recuerdo y no queda mas que la memoria para verte, que no queda más que cerrar mis ojos e imaginarte.

Y Bogotá se me clava en el alma y resulta macabra, todo aquello que contigo era bohemio y amado, se volvió gótico y algo antipático.  Quisiera correr, quisiera pasar fronteras y atravesar selvas y desiertos, atravesar nadando los lagos y pronto por estar junto a ti, pero luego me veo otra vez andando solo, con el sol hiriente a cuestas y un desquicio de cuerdas que apresuran mi tiempo, pero aún así todavía no hay esperanzas de volverte a ver.

Quiero que regreses y traigas contigo mi sueño, mi descanso, ese que te robaste al instante de conocerme, poniendo fin a las calmadas noches y dándome a cambio, una dolorosa ilusión nocturna de poder estar a tu lado.

Aquí ya no hay goce, solo soy yo recostado en mi lado mas nublado, pasando los días sin saber que habrá pasado.  El presente es triste y trato siempre de huir ahí donde siempre estas, sector izquierdo de mi pecho y toda la zona superior de mi cuerpo.  En cada letra, en cada suspiro, en cada pensamiento, en cada palpitar, todo yo intenta mantenerte viva en mí y con ansias esperamos que regreses, que regreses triunfante y quieras compartir junto a mí, pero también hay miedo, miedo de que me hayas superado, miedo de ser solo algo de tu pasado, y entonces prefiero quedarme aquí sabiendo que tendrás que regresar, que tenerte en frente y que pases junto a mí sin siquiera mirar a este pobre adorador que por ti todo lo ha dado.

Si me haz de olvidar, quiero que en antes recuerdes que este poeta de tres pesos, de prosa de cantina, por ti sería capaz de hacerse inmolar.

Y mientras tanto, esperando a que se devele lo que el futuro nos tenga deparado, yo sigo aquí esperando que mis lágrimas se sequen, pero que sea por tu mano.

lunes, 12 de marzo de 2012

RAPSODIA EN CUATRO PIEZAS: II



SEGUNDA PIEZA
JUNTO A TI

Te vi al otro lado del enorme campo de lavanda y corrí a tu encuentro.  El hermoso tono purpura mezclado con el verde del cielo nos conjuraban una paleta de sentimientos que efervecían con nuestra proximidad.  Venías de negro y hermosa es corto, espléndida inaplicable y universal lo más cercano.

Allí junto a la mezcla de psicodelia, a unos cuantos pasos y nuestras sonrisas demarcadas, me tomaste por el rostro y yo de tus caderas y unidos en nuestros labios devoramos con pasión.

El campo nos quedó corto para escapar, corrimos con afán, desesperados por llegar a dónde no sabíamos, por entregarnos a la fuga caprichosa de nuestro amor, teniendo sólo al horizonte como marca para seguir.  Mi bella María era felicidad lo que sentía en mi huida junto a ti, cuando volteaba mi mirada y te veía ahí, tomada de mi mano y alegre por la prisa que llevábamos.  Corrimos y corrimos hasta que las piernas no nos aguantaron y en ese punto nos abrazamos y caímos juntos y abrazados, mirándonos a los ojos mientras lentamente el universo seguía existiendo.  Tocamos el suelo y estallamos en cientos de aves que invadieron el cielo en un cardumen alado, yo sigo tu vuelo muñeca, voy tras tu miel, volamos tan alto y rápido como la física deja, y no hago más que seguirte en el firmamento mientras serena encuentras en la inmensidad el lugar en el que quieres estar, con la luna sobre nosotros y las estrellas coqueteando, pero te mantienes parca ante ellas, solo volteas a percatarte que yo aún permanezca tras de ti y con tu mirada me conminas a seguirte, voy tras de ti muñeca, te sigo en picada, voy tan rápido como puedo y veo que nos acercamos al mar pero sin ti yo no me detengo.

Sumergidos y desnudos, respiro de tu boca y devoro tu humanidad, mientras  aras mi espalda y uno tu cadera a la mía.  El agua al tacto nos multiplica cada sensación y nuestros cuerpos comprendidos en el otro se ven agarrados por un torbellino que intenta someternos, pero contrario a ello, más fuerte nos aferramos y derrapamos unidos y lúbricos.  En ese punto bajo a tu cuello y lo beso agradecido por tener tal obra a mis disposición, mi cuerpo se funde, siento que me derrito sobre ti y jadeante en tu oído te susurro que te amo, tu me escuchas, fuerte me abrazas y me haces jurarte que siempre voy a estar ahí.

Todo se torna oscuro, pero el piso de plata comienza a resplandecer, somos tú y yo bailando en el universo, danzando como maestros del arte, llevando el compás de las violas y los chelos, llevados por las hondas suaves, nos deslizamos en el sonido y solamente nos miramos, y soy feliz estando perdido en tus ojos de miel, y soy feliz tocando tu delgada cintura y sintiendo tu cabello golpear suavemente mi rostro, y soy feliz por que en la inmensidad nos encontramos.

Giramos, tan rápido como podemos y somos un huracán de color, tu eres rojo y yo soy negro y nos acercamos a un vórtice de pasión y justo cuando llegamos, todo estalla y somos una líquido tibio que ebulle en amor y de nuestra mezcla el aroma es miel rosas.  Somos dos tiras de seda que llevadas por el viento, insisten en entrelazarse y volar llevadas por el capricho del soplo del mar.  Volamos sobre las costas y nuestra intensidad es reflejo del oleaje fuerte que choca contra las rocas y somos las gaviotas que insistentes se sumergen a pescar y alzan vuelo para luego regresar, y somos las montañas erosionadas pero que miles de años después, ahí aún están.  Somos todo aquello y no somos nada, somos la tierra, el mar, y a la final solo un par de amantes, de furtivos bohemios que se pierden en sus pieles y se alimentan mutuamente de calor, vemos al cielo y atraídos por la creación, nos alzamos sobre todo y nos dejamos absorber.
Los astros suenan e iluminan, todo aquello conjurado se une en una sola voz para retumbar en cada rincón de la existencia tu nombre, María.

domingo, 11 de marzo de 2012

RAPSODIA EN CUATRO PIEZAS: I

 RAPSODIA EN CUATRO PIEZAS
MARIA
PRIMER PIEZA
TE VI

Y en la desnudes de la noche, tu cuerpo jugaba con la luz de la luna y se deslizaba entre los hilos de plata.  Hermosa por sobre todo aquello, danzabas cobijada por tu piel inmaculada, cortando el aire con tus manos, deslizándolas lentamente en la nada mientras tu desquicio de miel ondulaba jugaba tras de ti, hermoso cabello ámbar que combinaba con tus tibios iris.

 Al verte sentí como si mis ojos se abrieran por primera vez y la existencia misma retumbaba en mi cabeza y con violas deliciosamente hirientes me conjuraban a no dejar de verte.

Sola, en medio de todo y reluciendo en la nada, eras el espectro del alma de la vida, aquello que se une a las estrellas en la oscuridad del mas allá, la hermosa que profana lo mas bello por que te posas sobre todo y no dejas que llegue algo mas allá.

Siempre delicada, mi diosa de miel en su sudor de deidad esta empapada, mi bella María resplandece y sus hermosos senos montañas de locura son, su vientre una planicie neo zelandesa iluminada por la luz de las estrellas y de su hermosa vulva la vida misma ha de brotar.

Majestuosa vuelas sobre mi y a lo lejos veo como desapareces para volverte el todo, pero de súbito regresas, vas nadando en el aire, pequeña, chiquita y delicada, te veo los labios heridos mostrando un poco de fragilidad, pero en la energía que irradias demuestras que eres más fuerte de lo que alguien puede llegar a pensar.

Sigues bailando y levitando y la explosión del universo mostrando su formación es poca explicación para tu belleza, toda la perfección contenida en cinco letras, MARIA.

domingo, 12 de diciembre de 2010

PERDONEME PADRE POR QUE HE PECADO

En la habitación mas grande del convento, enfrente de la estatua de la virgen María ubicada en el patio central de la enorme casa colonial, agonizaba Sor Nora después de luchar larga y arduamente en contra de una penosa enfermedad, que había terminado por ganarle a su impetuosa y comprometida vida de religiosa dada con obra y capital, para consolidar el catolicismo en estas regiones inhóspitas y ensangrentadas por rifles rojos y azules.

Terminadas las esperanzas y desahuciada por los médicos, Sor Nora era ya declarada muerta por sus hermanas de hábitos que rogaban a Díos, que se la llevara ante su santo tribunal y la juzgara con veredicto favorable, para que de una vez por todas pudiera descansar y dejara descansar a los demás.  Las monjas cabizbajas y un tanto ensombrecidas, esperaban la presencia del santo varón, cura del pueblo, para que le diera la extrema unción a la anciana que fue madre superiora de ese convento por más de veinte años.

-¡Padre!, alabado sea Dios.  Por fin llegó-dijo una de las hermanas mientras abría la puerta al tan esperado confesor.
-Ave Maria vendita-Respondió el padre para terminar con cualquier intento de reproche por su tardanza.
-Sin pecado ha concebido- Respondieron las religiosas en el mismo coro de costumbre, que se habían enseñado a recitar desde que se ordenaron.
-Padre venga por acá, la madre Nora ya delira por las fiebres y no es mucho el tiempo el que le resta en este mundo.-La mujer que abrió la puerta guiaba apresurada al sacerdote a la recamara de la moribunda anciana de las siete décadas y media.
-Hermana no sea imprudente que eso sólo lo sabe Díos.  Que tal que ocurra un milagro y Sor Nora se levante y ande.
-Hay mi Dios no lo quiera padre.  Como se le ocurre tal cosa si usted bien sabe…-la monjita susurrando con afán de no ser escuchada-…que yo soy la nueva madre superiora y no quiero quedar antojada con el puesto.

Ambos representantes de Díos rieron disimuladamente y en el mayor silencio posible.  Llegaron a la puerta que se abría en dos y cuando estaba cerrada formaba con sus dos mitades una bella cruz tallada sobre la madera.

-Entre usted sólo padre, que ya todas nosotras nos despedimos de ella y  recuerde usted, que el que mucho se despide poco quiere irse.  No se le olvide que no debe darle esperanzas.
-Ay hermana, Dios me libre de que usted algún día quiera quitarme el puesto.

El cura entró al cuarto abriendo la puerta con mucha precaución y sigilosamente dio su primer paso dentro de la habitación.  La pieza olía a noche, el aire estaba nubloso y la luz tenue.  El velorio ya había empezado sin que el moribundo fuera finado.  En el cuarto un clóset, un escritorio con una Biblia abierta en un pasaje que no es interesante de decir cuál es, y junto a este, en toda la mitad de la habitación, la enferma acostada mirando extrañadamente el crucifijo sobre el cabezal de su cama.

-Hermana Nora, tenga usted una muy buena tarde.  Cuénteme como se siente.
-Como Job cuando Díos apostó con el diablo que aún quitándole todas sus riquezas y desgraciando su vida por completo, este nunca maldeciría el nombre del creador, sólo que conmigo Dios se equivoco y perdió la apuesta.
-¡Hermana eso es blasfemia!-el cura se echo la bendición y también se la dio a la monja.
-¡acaso no tengo derecho de blasfemar!-gritó sor Nora, pero luego bajó su voz-mas aún cuando las fiebres consumen mi cuerpo, que siento en llamas sin tener la mas leve señal de poder consumirme por completo para abandonar de una vez por todas esta miseria terrenal.
-Hermana no se preocupe que los médicos ya la desahuciaron.  Ahora sólo es cuestión de esperar-pensó en decirle el cura a la decrépita anciana que tanto asco le había producido desde que llegó a ejercer como párroco en esa calurosa, seca y horrible región, pero en vez de eso la trató con condescendencia-Hermana Nora, sea fuerte y valiente que en el cielo le espera una gran recompensa a su valerosa vida, su ausencia nos va a dejar un enorme vacío en nuestros espíritus, a todos aquellos que debemos quedarnos un poco más en este mundo.

El ministro de Díos acercó el escritorio junto a la cama y puso en él los implementos necesarios para darle el adiós espiritual a la moribunda anciana.  Con su atuendo enlutecido y su parsimonia ceremonial iba rezando susurradamente y con gran velocidad.  El aire se puso más turbio, pues se clamaba por presencia espiritual.  La monja impaciente y molesta con el aroma del óleo sagrado con el que la ungirían, comenzó a tararear una canción de cantina para matar los segundos de tortuosa preparación sacerdotal.

-Hermana, rece conmigo el yo pecador para poderla confesar.
-Padre haga de cuenta que estoy inconsciente y hágame la extremaunción como a todos los que ya no están pendientes de estas sandeces.
-¡Hermana!-el sacerdote no salía de su asombro de ver como las fiebres habían terminado con la inagotable fe de una mujer, cuyo deseo de ser monja lo tuvo desde antes de nacer-Hermana confiese ante el señor sus pecados para que pueda ser perdonada y así se le abran las puertas de los cielos.

La monjita quedó inmóvil por un momento y alzó su cabeza en forma pensativa, observó el techo lleno de telarañas y una mancha de humedad.

-Perdóneme padre por que he pecado.  Perdóneme padre por que he dejado de creer en Díos justo el día de mi muerte y si el maldito llegara a existir, que ni se le ocurra por aquí aparecerse.  Perdóneme padre por que he pecado al no dejar que un hombre en mi vida haya estado.  Perdóneme padre por que por más que amé a varios en mi vida, a todos renuncié por fe en un libro estúpido e insensato, que sólo se basa en historias para asustar niños.  Perdóneme por que me negué a mi misma, la oportunidad de germinar la tierra con un retoño de mis entrañas, al cual inculcarle verdaderos valores y una moral que no sea cristiana, por que no lo hubiera criado hipócrita.  Perdóneme padre por que he desconocido mi naturaleza y jamás di diversión a mi entrepierna, nunca en mi boca tuve una lengua ajena y mis pezones nunca tuvieron ese privilegio reservado a todas las mujeres del laicado, de que entre labios fueran apretados.

-¡Hermana por Dios, no siga!-La expresión morbosa del padre daba complicidad y vía libre para seguir permitiendo el desahogo final de la venerable anciana.

-Perdóneme padre por que he pecado, fui cómplice de homicidios en nombre de la fe.  En concierto con el párroco que estaba antes que usted, ordenamos matar a un candidato liberal que contraponía nuestras decisiones de la administración pastoral sobre el pueblo en general.  Juntos fuimos simples eslabones de una cadena de autores intelectuales de delitos, so pretexto de la fe, tratamos con estos de mantener el Estado conservador que siempre nutrió del divino patrón.  Perdóneme padre por que me aproveché de nuestra condición privilegiada en la educación del país, y prohibí la libre expresión del alma humana en su esencia terrenal.  Perdóneme padre por que influí en muchas novicias para que entraran en la orden, y confieso que lo hice por mi amargura, pues no soportaba que mi horrible decisión de tomar los hábitos no fuera acompañada por mas juventud sacrificada.  Perdóneme padre por vivir a expensas de una población pobre y mortificada, que esperaba en su diezmo y devoción encontrar alivio a su corazón.  Mientras en el convento engordábamos y exigíamos mas fe patrimonial de nuestros vecinos, ellos en plena agonía cosechaban sus paupérrimas cosechas en una tierra fertilizada con sangre y violencia partidista.-la hermana paró su confesión y se retorció de dolor.  A medida que su alma se liberaba, la fiebre aumentaba.

-Siga hermana, no se detenga a quejarse que eso ya lo hemos escuchado.  Necesito  oír por completo su confesión si es que quiere que le de redención.

-No se desespere padre, si he de morir en cualquier segundo, por lo menos alégrese de que muy liviano va a quedar mi cuerpo después de esta descarga espiritual-Sor Nora suspiró fuertemente y continuo con su confesión-Perdóneme padre por que amargué a muchas personas con mi fe testaruda, que intenté que todos amaran con devoción.  Amargué a mis hermanas de hábitos y a todo aquel cuyo accionar estuviera en contra de lo que yo consideraba fe.  Perdóneme padre por no haberlo advertido a su llegada de la triste realidad del catolicismo en toda su práctica y extensión.  Perdóneme padre por que usted bien sabe que me di cuenta de su complicidad y amor entre usted y la hermana Irene, y me esforcé por impedir lo que pensé seria una maléfica unión.  Se muy bien que han de odiarme, pero justo antes de mi muerte bendigo y espero que su amor se consume y puedan vivir sin temor.

-Siempre temimos la excomunión, acusados por su dedo señalando nuestro amor.  Si eso la martirizaba, le agradezco que en su confesión me haya pedido perdón.  Puede morir tranquila que con su muerte ella será madre superiora y pretextos nos sobraran para reunirnos en soledad.

-Padre, no me queda más tiempo.  Por favor cuide al rebaño de Dios librándolo de su creador-El rostro de sor Nora se ensombreció al final de la frase, sus pupilas se dilataron y sus pulmones no se volvieron a contraer.

El cura hizo tres veces la señal de la cruz en la frente de la monja, luego tomo sus manos y las bendijo igual número de veces mientras repetía con pasión Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad.

Así murió sor Nora, su cuerpo que padeció intensas fiebres quedó fresco y relajado expresando la aliviantes que alcanzó justo antes de fallecer.  Así murió sor Nora, dejando un único legado perdurable en la memoria de aquel religioso que salió de aquella pieza muy caviloso y acongojado.  ((Sor Nora ha muerto)), informó a todas las hermanas del convento, quienes tensionadas esperaban la noticia para poder regresar a sus labores cotidianas.  Pobre padre, el mal que tuvo sor Nora durante su agonía, le fue transferido en salud y sin fiebres, su fe se desmoronaba y no había pretexto médico que le diera causa a su razón.