En la habitación mas grande del convento, enfrente de la estatua de la virgen María ubicada en el patio central de la enorme casa colonial, agonizaba Sor Nora después de luchar larga y arduamente en contra de una penosa enfermedad, que había terminado por ganarle a su impetuosa y comprometida vida de religiosa dada con obra y capital, para consolidar el catolicismo en estas regiones inhóspitas y ensangrentadas por rifles rojos y azules.
Terminadas las esperanzas y desahuciada por los médicos, Sor Nora era ya declarada muerta por sus hermanas de hábitos que rogaban a Díos, que se la llevara ante su santo tribunal y la juzgara con veredicto favorable, para que de una vez por todas pudiera descansar y dejara descansar a los demás. Las monjas cabizbajas y un tanto ensombrecidas, esperaban la presencia del santo varón, cura del pueblo, para que le diera la extrema unción a la anciana que fue madre superiora de ese convento por más de veinte años.
-¡Padre!, alabado sea Dios. Por fin llegó-dijo una de las hermanas mientras abría la puerta al tan esperado confesor.
-Ave Maria vendita-Respondió el padre para terminar con cualquier intento de reproche por su tardanza.
-Sin pecado ha concebido- Respondieron las religiosas en el mismo coro de costumbre, que se habían enseñado a recitar desde que se ordenaron.
-Padre venga por acá, la madre Nora ya delira por las fiebres y no es mucho el tiempo el que le resta en este mundo.-La mujer que abrió la puerta guiaba apresurada al sacerdote a la recamara de la moribunda anciana de las siete décadas y media.
-Hermana no sea imprudente que eso sólo lo sabe Díos. Que tal que ocurra un milagro y Sor Nora se levante y ande.
-Hay mi Dios no lo quiera padre. Como se le ocurre tal cosa si usted bien sabe…-la monjita susurrando con afán de no ser escuchada-…que yo soy la nueva madre superiora y no quiero quedar antojada con el puesto.
Ambos representantes de Díos rieron disimuladamente y en el mayor silencio posible. Llegaron a la puerta que se abría en dos y cuando estaba cerrada formaba con sus dos mitades una bella cruz tallada sobre la madera.
-Entre usted sólo padre, que ya todas nosotras nos despedimos de ella y recuerde usted, que el que mucho se despide poco quiere irse. No se le olvide que no debe darle esperanzas.
-Ay hermana, Dios me libre de que usted algún día quiera quitarme el puesto.
El cura entró al cuarto abriendo la puerta con mucha precaución y sigilosamente dio su primer paso dentro de la habitación. La pieza olía a noche, el aire estaba nubloso y la luz tenue. El velorio ya había empezado sin que el moribundo fuera finado. En el cuarto un clóset, un escritorio con una Biblia abierta en un pasaje que no es interesante de decir cuál es, y junto a este, en toda la mitad de la habitación, la enferma acostada mirando extrañadamente el crucifijo sobre el cabezal de su cama.
-Hermana Nora, tenga usted una muy buena tarde. Cuénteme como se siente.
-Como Job cuando Díos apostó con el diablo que aún quitándole todas sus riquezas y desgraciando su vida por completo, este nunca maldeciría el nombre del creador, sólo que conmigo Dios se equivoco y perdió la apuesta.
-¡Hermana eso es blasfemia!-el cura se echo la bendición y también se la dio a la monja.
-¡acaso no tengo derecho de blasfemar!-gritó sor Nora, pero luego bajó su voz-mas aún cuando las fiebres consumen mi cuerpo, que siento en llamas sin tener la mas leve señal de poder consumirme por completo para abandonar de una vez por todas esta miseria terrenal.
-Hermana no se preocupe que los médicos ya la desahuciaron. Ahora sólo es cuestión de esperar-pensó en decirle el cura a la decrépita anciana que tanto asco le había producido desde que llegó a ejercer como párroco en esa calurosa, seca y horrible región, pero en vez de eso la trató con condescendencia-Hermana Nora, sea fuerte y valiente que en el cielo le espera una gran recompensa a su valerosa vida, su ausencia nos va a dejar un enorme vacío en nuestros espíritus, a todos aquellos que debemos quedarnos un poco más en este mundo.
El ministro de Díos acercó el escritorio junto a la cama y puso en él los implementos necesarios para darle el adiós espiritual a la moribunda anciana. Con su atuendo enlutecido y su parsimonia ceremonial iba rezando susurradamente y con gran velocidad. El aire se puso más turbio, pues se clamaba por presencia espiritual. La monja impaciente y molesta con el aroma del óleo sagrado con el que la ungirían, comenzó a tararear una canción de cantina para matar los segundos de tortuosa preparación sacerdotal.
-Hermana, rece conmigo el yo pecador para poderla confesar.
-Padre haga de cuenta que estoy inconsciente y hágame la extremaunción como a todos los que ya no están pendientes de estas sandeces.
-¡Hermana!-el sacerdote no salía de su asombro de ver como las fiebres habían terminado con la inagotable fe de una mujer, cuyo deseo de ser monja lo tuvo desde antes de nacer-Hermana confiese ante el señor sus pecados para que pueda ser perdonada y así se le abran las puertas de los cielos.
La monjita quedó inmóvil por un momento y alzó su cabeza en forma pensativa, observó el techo lleno de telarañas y una mancha de humedad.
-Perdóneme padre por que he pecado. Perdóneme padre por que he dejado de creer en Díos justo el día de mi muerte y si el maldito llegara a existir, que ni se le ocurra por aquí aparecerse. Perdóneme padre por que he pecado al no dejar que un hombre en mi vida haya estado. Perdóneme padre por que por más que amé a varios en mi vida, a todos renuncié por fe en un libro estúpido e insensato, que sólo se basa en historias para asustar niños. Perdóneme por que me negué a mi misma, la oportunidad de germinar la tierra con un retoño de mis entrañas, al cual inculcarle verdaderos valores y una moral que no sea cristiana, por que no lo hubiera criado hipócrita. Perdóneme padre por que he desconocido mi naturaleza y jamás di diversión a mi entrepierna, nunca en mi boca tuve una lengua ajena y mis pezones nunca tuvieron ese privilegio reservado a todas las mujeres del laicado, de que entre labios fueran apretados.
-¡Hermana por Dios, no siga!-La expresión morbosa del padre daba complicidad y vía libre para seguir permitiendo el desahogo final de la venerable anciana.
-Perdóneme padre por que he pecado, fui cómplice de homicidios en nombre de la fe. En concierto con el párroco que estaba antes que usted, ordenamos matar a un candidato liberal que contraponía nuestras decisiones de la administración pastoral sobre el pueblo en general. Juntos fuimos simples eslabones de una cadena de autores intelectuales de delitos, so pretexto de la fe, tratamos con estos de mantener el Estado conservador que siempre nutrió del divino patrón. Perdóneme padre por que me aproveché de nuestra condición privilegiada en la educación del país, y prohibí la libre expresión del alma humana en su esencia terrenal. Perdóneme padre por que influí en muchas novicias para que entraran en la orden, y confieso que lo hice por mi amargura, pues no soportaba que mi horrible decisión de tomar los hábitos no fuera acompañada por mas juventud sacrificada. Perdóneme padre por vivir a expensas de una población pobre y mortificada, que esperaba en su diezmo y devoción encontrar alivio a su corazón. Mientras en el convento engordábamos y exigíamos mas fe patrimonial de nuestros vecinos, ellos en plena agonía cosechaban sus paupérrimas cosechas en una tierra fertilizada con sangre y violencia partidista.-la hermana paró su confesión y se retorció de dolor. A medida que su alma se liberaba, la fiebre aumentaba.
-Siga hermana, no se detenga a quejarse que eso ya lo hemos escuchado. Necesito oír por completo su confesión si es que quiere que le de redención.
-No se desespere padre, si he de morir en cualquier segundo, por lo menos alégrese de que muy liviano va a quedar mi cuerpo después de esta descarga espiritual-Sor Nora suspiró fuertemente y continuo con su confesión-Perdóneme padre por que amargué a muchas personas con mi fe testaruda, que intenté que todos amaran con devoción. Amargué a mis hermanas de hábitos y a todo aquel cuyo accionar estuviera en contra de lo que yo consideraba fe. Perdóneme padre por no haberlo advertido a su llegada de la triste realidad del catolicismo en toda su práctica y extensión. Perdóneme padre por que usted bien sabe que me di cuenta de su complicidad y amor entre usted y la hermana Irene, y me esforcé por impedir lo que pensé seria una maléfica unión. Se muy bien que han de odiarme, pero justo antes de mi muerte bendigo y espero que su amor se consume y puedan vivir sin temor.
-Siempre temimos la excomunión, acusados por su dedo señalando nuestro amor. Si eso la martirizaba, le agradezco que en su confesión me haya pedido perdón. Puede morir tranquila que con su muerte ella será madre superiora y pretextos nos sobraran para reunirnos en soledad.
-Padre, no me queda más tiempo. Por favor cuide al rebaño de Dios librándolo de su creador-El rostro de sor Nora se ensombreció al final de la frase, sus pupilas se dilataron y sus pulmones no se volvieron a contraer.
El cura hizo tres veces la señal de la cruz en la frente de la monja, luego tomo sus manos y las bendijo igual número de veces mientras repetía con pasión Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad.
Así murió sor Nora, su cuerpo que padeció intensas fiebres quedó fresco y relajado expresando la aliviantes que alcanzó justo antes de fallecer. Así murió sor Nora, dejando un único legado perdurable en la memoria de aquel religioso que salió de aquella pieza muy caviloso y acongojado. ((Sor Nora ha muerto)), informó a todas las hermanas del convento, quienes tensionadas esperaban la noticia para poder regresar a sus labores cotidianas. Pobre padre, el mal que tuvo sor Nora durante su agonía, le fue transferido en salud y sin fiebres, su fe se desmoronaba y no había pretexto médico que le diera causa a su razón.