lunes, 1 de noviembre de 2010

UN DIA FRIO

Acostado de lado sobre el pavimento, con los ojos entrecerrados para evitar que el salpicar de las gotas le lastimaran los ojos, Antonio ya se resignaba únicamente a ver como el vapor de su aliento se diluía entre los pies de los pocos transeúntes que pasaban a su lado.  Había abandonado la idea de suplicarles ayuda, no aguantaba sentir nuevamente las miradas asqueadas o las expresiones de indiferencia, así que simplemente se dejó caer en la calle, a morir en silencio en medio de la bullosa y fría ciudad, en la que sus quejidos pasaron desapercibidos, ahogados por el fuerte ronroneo de los motores de los coches y los pasos afanados de quienes intentaban buscar refugio de la lluvia.

Con dificultad, aún intentaba mirar hacia el cielo en busca de su divino salvador, pero los enormes y sucios edificios se le interponían, a cambio de eso, le escurrían sus aguas negras, ensopándole aún más la enmarañada y mal oliente barba.  Sentía que hasta los inertes rectángulos de concreto le expresaban asco, rebajándolo a lo más inferior de la existencia, jactándose de sus interiores cálidos, reservados únicamente para los que dignamente aún se les puede llamar ciudadanos.

Ya no sentía el tacto, sabía que todo su cuerpo temblaba por el frío, pero sus extremidades no le respondían.  Tenía miedo, nunca imaginó morir de una forma tan incomprensible, tirado en el asfalto, observando a unos cuantos que pasaban a su lado, sin que les preocupara en lo más mínimo la figura derrumbada ante ellos.  Tenía la certeza de la proximidad del apocalipsis, sin que por su mente se pasara el recuerdo de su familia abandonada, ni la más mínima idea de remordimiento por dejarse caer en aquel abismo sin fondo en el que se convirtió su vida.  La humillación era la única sensación distinta al helage, inundando sus ojos con lágrimas que dolían mientras se formaban bajo sus párpados, llenando de impotencia el poco sentir que aún le quedaba.  Estaba aterrado, le temía a la muerte así viviera a diario en la inmundicia.  Su expresión era la imprenta de la incertidumbre ante los sentimientos muertos de los caminantes que, ante su presencia, se limitaban a ignorarlo.

Con más de una hora sin poder moverse, y con cada célula consiente de su estado de desahucio, llegó el punto en que su mente comenzó a fracturarse.  Tal vez el hielo que le calaba el espíritu se empezó a desquebrajar, haciéndolo sentir una cálida sensación, un estado en el que la conciencia del fin hacía que todo dejara de importar, poniéndolo feliz por cada bocanada de aire que aspiraba, pues con cada una que exhalaba, más se acercaba a la paz.  Entendió que era la muerte que había llegado para reconfortarlo, así que la recibió con amor.

Poco tiempo después, un policía del sector que hacía su ronda en compañía del auxiliar, colmó su paciencia al ver dormido al habitante de la calle.  Se le acercó y con palabras de autoridad lo instó a levantarse, pero ante el silencio, lo pateó con la intensión de conminarlo a dejar su postura, dándose cuenta esta vez que aquello ya no era un humano caído a menos, sino un simple despojo ensuciando la ciudad.  Con su radio reportó al fallecido y dijo la ubicación exacta.  Luego volteó hacia su acompañante y con la mano le indico que debían seguir caminando.

-Vamos, sigamos patrullando.
-¿lo vamos a dejar aquí?.
-¿Quién se lo va a llevar?.

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