domingo, 12 de diciembre de 2010

PERDONEME PADRE POR QUE HE PECADO

En la habitación mas grande del convento, enfrente de la estatua de la virgen María ubicada en el patio central de la enorme casa colonial, agonizaba Sor Nora después de luchar larga y arduamente en contra de una penosa enfermedad, que había terminado por ganarle a su impetuosa y comprometida vida de religiosa dada con obra y capital, para consolidar el catolicismo en estas regiones inhóspitas y ensangrentadas por rifles rojos y azules.

Terminadas las esperanzas y desahuciada por los médicos, Sor Nora era ya declarada muerta por sus hermanas de hábitos que rogaban a Díos, que se la llevara ante su santo tribunal y la juzgara con veredicto favorable, para que de una vez por todas pudiera descansar y dejara descansar a los demás.  Las monjas cabizbajas y un tanto ensombrecidas, esperaban la presencia del santo varón, cura del pueblo, para que le diera la extrema unción a la anciana que fue madre superiora de ese convento por más de veinte años.

-¡Padre!, alabado sea Dios.  Por fin llegó-dijo una de las hermanas mientras abría la puerta al tan esperado confesor.
-Ave Maria vendita-Respondió el padre para terminar con cualquier intento de reproche por su tardanza.
-Sin pecado ha concebido- Respondieron las religiosas en el mismo coro de costumbre, que se habían enseñado a recitar desde que se ordenaron.
-Padre venga por acá, la madre Nora ya delira por las fiebres y no es mucho el tiempo el que le resta en este mundo.-La mujer que abrió la puerta guiaba apresurada al sacerdote a la recamara de la moribunda anciana de las siete décadas y media.
-Hermana no sea imprudente que eso sólo lo sabe Díos.  Que tal que ocurra un milagro y Sor Nora se levante y ande.
-Hay mi Dios no lo quiera padre.  Como se le ocurre tal cosa si usted bien sabe…-la monjita susurrando con afán de no ser escuchada-…que yo soy la nueva madre superiora y no quiero quedar antojada con el puesto.

Ambos representantes de Díos rieron disimuladamente y en el mayor silencio posible.  Llegaron a la puerta que se abría en dos y cuando estaba cerrada formaba con sus dos mitades una bella cruz tallada sobre la madera.

-Entre usted sólo padre, que ya todas nosotras nos despedimos de ella y  recuerde usted, que el que mucho se despide poco quiere irse.  No se le olvide que no debe darle esperanzas.
-Ay hermana, Dios me libre de que usted algún día quiera quitarme el puesto.

El cura entró al cuarto abriendo la puerta con mucha precaución y sigilosamente dio su primer paso dentro de la habitación.  La pieza olía a noche, el aire estaba nubloso y la luz tenue.  El velorio ya había empezado sin que el moribundo fuera finado.  En el cuarto un clóset, un escritorio con una Biblia abierta en un pasaje que no es interesante de decir cuál es, y junto a este, en toda la mitad de la habitación, la enferma acostada mirando extrañadamente el crucifijo sobre el cabezal de su cama.

-Hermana Nora, tenga usted una muy buena tarde.  Cuénteme como se siente.
-Como Job cuando Díos apostó con el diablo que aún quitándole todas sus riquezas y desgraciando su vida por completo, este nunca maldeciría el nombre del creador, sólo que conmigo Dios se equivoco y perdió la apuesta.
-¡Hermana eso es blasfemia!-el cura se echo la bendición y también se la dio a la monja.
-¡acaso no tengo derecho de blasfemar!-gritó sor Nora, pero luego bajó su voz-mas aún cuando las fiebres consumen mi cuerpo, que siento en llamas sin tener la mas leve señal de poder consumirme por completo para abandonar de una vez por todas esta miseria terrenal.
-Hermana no se preocupe que los médicos ya la desahuciaron.  Ahora sólo es cuestión de esperar-pensó en decirle el cura a la decrépita anciana que tanto asco le había producido desde que llegó a ejercer como párroco en esa calurosa, seca y horrible región, pero en vez de eso la trató con condescendencia-Hermana Nora, sea fuerte y valiente que en el cielo le espera una gran recompensa a su valerosa vida, su ausencia nos va a dejar un enorme vacío en nuestros espíritus, a todos aquellos que debemos quedarnos un poco más en este mundo.

El ministro de Díos acercó el escritorio junto a la cama y puso en él los implementos necesarios para darle el adiós espiritual a la moribunda anciana.  Con su atuendo enlutecido y su parsimonia ceremonial iba rezando susurradamente y con gran velocidad.  El aire se puso más turbio, pues se clamaba por presencia espiritual.  La monja impaciente y molesta con el aroma del óleo sagrado con el que la ungirían, comenzó a tararear una canción de cantina para matar los segundos de tortuosa preparación sacerdotal.

-Hermana, rece conmigo el yo pecador para poderla confesar.
-Padre haga de cuenta que estoy inconsciente y hágame la extremaunción como a todos los que ya no están pendientes de estas sandeces.
-¡Hermana!-el sacerdote no salía de su asombro de ver como las fiebres habían terminado con la inagotable fe de una mujer, cuyo deseo de ser monja lo tuvo desde antes de nacer-Hermana confiese ante el señor sus pecados para que pueda ser perdonada y así se le abran las puertas de los cielos.

La monjita quedó inmóvil por un momento y alzó su cabeza en forma pensativa, observó el techo lleno de telarañas y una mancha de humedad.

-Perdóneme padre por que he pecado.  Perdóneme padre por que he dejado de creer en Díos justo el día de mi muerte y si el maldito llegara a existir, que ni se le ocurra por aquí aparecerse.  Perdóneme padre por que he pecado al no dejar que un hombre en mi vida haya estado.  Perdóneme padre por que por más que amé a varios en mi vida, a todos renuncié por fe en un libro estúpido e insensato, que sólo se basa en historias para asustar niños.  Perdóneme por que me negué a mi misma, la oportunidad de germinar la tierra con un retoño de mis entrañas, al cual inculcarle verdaderos valores y una moral que no sea cristiana, por que no lo hubiera criado hipócrita.  Perdóneme padre por que he desconocido mi naturaleza y jamás di diversión a mi entrepierna, nunca en mi boca tuve una lengua ajena y mis pezones nunca tuvieron ese privilegio reservado a todas las mujeres del laicado, de que entre labios fueran apretados.

-¡Hermana por Dios, no siga!-La expresión morbosa del padre daba complicidad y vía libre para seguir permitiendo el desahogo final de la venerable anciana.

-Perdóneme padre por que he pecado, fui cómplice de homicidios en nombre de la fe.  En concierto con el párroco que estaba antes que usted, ordenamos matar a un candidato liberal que contraponía nuestras decisiones de la administración pastoral sobre el pueblo en general.  Juntos fuimos simples eslabones de una cadena de autores intelectuales de delitos, so pretexto de la fe, tratamos con estos de mantener el Estado conservador que siempre nutrió del divino patrón.  Perdóneme padre por que me aproveché de nuestra condición privilegiada en la educación del país, y prohibí la libre expresión del alma humana en su esencia terrenal.  Perdóneme padre por que influí en muchas novicias para que entraran en la orden, y confieso que lo hice por mi amargura, pues no soportaba que mi horrible decisión de tomar los hábitos no fuera acompañada por mas juventud sacrificada.  Perdóneme padre por vivir a expensas de una población pobre y mortificada, que esperaba en su diezmo y devoción encontrar alivio a su corazón.  Mientras en el convento engordábamos y exigíamos mas fe patrimonial de nuestros vecinos, ellos en plena agonía cosechaban sus paupérrimas cosechas en una tierra fertilizada con sangre y violencia partidista.-la hermana paró su confesión y se retorció de dolor.  A medida que su alma se liberaba, la fiebre aumentaba.

-Siga hermana, no se detenga a quejarse que eso ya lo hemos escuchado.  Necesito  oír por completo su confesión si es que quiere que le de redención.

-No se desespere padre, si he de morir en cualquier segundo, por lo menos alégrese de que muy liviano va a quedar mi cuerpo después de esta descarga espiritual-Sor Nora suspiró fuertemente y continuo con su confesión-Perdóneme padre por que amargué a muchas personas con mi fe testaruda, que intenté que todos amaran con devoción.  Amargué a mis hermanas de hábitos y a todo aquel cuyo accionar estuviera en contra de lo que yo consideraba fe.  Perdóneme padre por no haberlo advertido a su llegada de la triste realidad del catolicismo en toda su práctica y extensión.  Perdóneme padre por que usted bien sabe que me di cuenta de su complicidad y amor entre usted y la hermana Irene, y me esforcé por impedir lo que pensé seria una maléfica unión.  Se muy bien que han de odiarme, pero justo antes de mi muerte bendigo y espero que su amor se consume y puedan vivir sin temor.

-Siempre temimos la excomunión, acusados por su dedo señalando nuestro amor.  Si eso la martirizaba, le agradezco que en su confesión me haya pedido perdón.  Puede morir tranquila que con su muerte ella será madre superiora y pretextos nos sobraran para reunirnos en soledad.

-Padre, no me queda más tiempo.  Por favor cuide al rebaño de Dios librándolo de su creador-El rostro de sor Nora se ensombreció al final de la frase, sus pupilas se dilataron y sus pulmones no se volvieron a contraer.

El cura hizo tres veces la señal de la cruz en la frente de la monja, luego tomo sus manos y las bendijo igual número de veces mientras repetía con pasión Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad.

Así murió sor Nora, su cuerpo que padeció intensas fiebres quedó fresco y relajado expresando la aliviantes que alcanzó justo antes de fallecer.  Así murió sor Nora, dejando un único legado perdurable en la memoria de aquel religioso que salió de aquella pieza muy caviloso y acongojado.  ((Sor Nora ha muerto)), informó a todas las hermanas del convento, quienes tensionadas esperaban la noticia para poder regresar a sus labores cotidianas.  Pobre padre, el mal que tuvo sor Nora durante su agonía, le fue transferido en salud y sin fiebres, su fe se desmoronaba y no había pretexto médico que le diera causa a su razón. 

martes, 30 de noviembre de 2010

ITSY BITSY

Itsy Bitsy la bella encantada, despertó esta mañana como siempre extasiada.  Corrió las cortinas de sus ojos, los rayos púrpuras destellaron en la habitación y el cielo verde más despejado nunca había estado, en él las aves danzaban en su baile de cardumen distrayendo a los patos que sobre la arena nadaban.  Itsy Bitsy se asoma a su ventana como cada mañana y aspira una línea de existencia que la relaja.  Las amapolas del jardín saludan a la estrella del marco esquinero de la casa, y le ofrecen sus opios en son de amor y desprendimiento terrenal.

Janis hace varias horas levantada, un tanto desesperada y con ansias de volar, prepara un desayuno de lunas estrelladas, arenas del Sahara y jugo de mares con poco dulce para combatir la resaca de la impaciencia. Bitsy a consumir, grita Janis, la pequeña se desliza por las aguas y atraca cerca al comedero, saluda a las faunas y las floras y da un beso a su progenitora.  Hola bella Janis con tu alo de maraña alrededor de tu cabeza, hola bella Janis con tus ropas de hierba, hola bella Janis con tu aliento a sintéticos.  Hola bella Itsy acompañada de Bitsy,  hola pequeña bola de opio que se deshace en mi garganta, pequeña hojita que se consume en mis dedos y te aspiro para que vivas a salvo en mis pulmones.

Itsy Bitsy unta las lunas estrelladas con un poco de constelaciones y sumerge su lengua en los coloides de sabores azufre, café y amor.  Janis la contempla temblorosa y sudorosa, su nerviosismo descontrolado y masticar de labios esquizofrénico.  Termina pronto Bitsy y ve con el yerbatero a que me envié un poco de calma celestial, ese liquido transparente que deshace mi cuerpo y me lleva liviana como el aire a volar por todo el mediterráneo, mientras delfines alados se trepan de árbol en árbol, las mariposas casan a mi alrededor y los átomos se alimentan de mi aura.  Come rápido Itsy y llévate a tu Bitsy, para que mi rastro de luz quede impregnado por toda la casa, come rápido Itsy Bitsy para que vayas con el yerbatero y traigas un poco de su bella fragata de sentidos para que navegue desde mi Hornos hasta mi Beiring.

Calma Janis, sólo me cubro de noche y me pinto un poco con sangre para poder ir por tu psicodelia, calma Janis, vuelvo pronto con sumo de mar, selva, desierto y una pizca de insanidad.

Vestida con su capa de inocencia y dos trencitas de bella confusión, sale Itsy Bitsy a caminar, va destino al yerbatero quien vive a dos calles de la incertidumbre y el sinfuturo.  Pasito a pasito camina sobre la travesía y sus huellas se despiden de ella, jurándole convertirse en viento al norte que la harán caminar sin estar, por todo el continente de los grilletes.  El sol siempre púrpura, extiende sus cabellos de oro y los deja trenzar por las negras jamaiquinas que viven un poco más abajo de las nubes.  Itsy Bitsy camina sobre una colina, sólo acompañada por el eco de sus pensamientos y una que otra iguana que se deja arrastrar.  La marihuanita animada, como siempre sonriente anda demente, no piensa en los malos, sólo besa a los buenos.  Itsy Bitsy relajada se acerca a los matorrales, llenos de fresas y espinas que las ofrecen pero castigan a quien las reciba.

La bella muñeca entra al bosque de ramas incendiadas que no queman nada, las hojas que se deshacen y llevan ceniza ardiente en pequeños huracanes, van abriendo el sendero poco transitado para que la pequeña Bitsy llegue a su destino.  Tararea la canción de la iguana y camina gloriosa por el bosque de las llamas.  Las tortugas en los árboles se espantan y salen a volar, los rayos púrpuras del sol se esconden y Bitsy al suelo cae empujada.  Desconcertada todavía no entendía lo que pasaba, qué era esta horrible figura que sobre ella se forzaba, de quien era ese horrible aliento que en su rostro respiraba, de quien eran esas feroces garras que sus piernitas agarraban.  Oh rica Itsy Bitsy, don de frescura infantil, dermis de nube y gelatina, con que así es que sabe el rostro de un ángel, con que así saben las lágrimas de un ángel, con que así es que se escuchan los gritos de un ángel.

Pobre Itsy Bitsy, belleza a destiempo, inocencia ultrajada, hela ahí sometida y humillada con su entrepierna ensangrentada y la cara empapada de baba almisclosa de esta bestia despiadada, cuyo placer es violentar la inocencia culposa de una niña que se levanta con sus días color púrpura y a quien su  madre le prepara lunas estrelladas, arenas del Sahara y jugo de mares para que vaya por un poco de psicodelia para calmar su esquizofrenia.

Pobre Itsy Bitsy, niña de los trescientos sesenta y cinco multiplicados por siete, ángel de los mares gaseosos y los vientos espesos.   Chiquita ten paciencia que la brutalidad tiene que terminar, el cerdo con espíritu de verde camuflado militar de encima de ti se tiene que quitar.  Pobre Itsy Bitsy, sólo intenta cubrirte y no te dejes golpear, piensa en Janis y escucha su summertime, la melancolía de su sonido te entristece con la realidad, pero te crea un goce masoquista por su belleza musical, deja que los acordes te lleven la mente de este cuerpecito violentado por el cerdo del espíritu verde camuflado militar.  Piensa que eres un alma que deambula por las cuerdas y cada acorde es tu queja de toda la maldita humanidad, vuela con el arpegio y el campaneo, deja que Janis hable por ti en medio de su propia desesperación.  Relájate Itsy Bitsy, pues sólo te queda esperar.

Ya hecha a la idea de su muerte, el angelito relajó sus restos y se limitó a ver como detrás de la cabeza de su poseedor, las hojas de los árboles seguían desvaneciéndose en cenizas.  De pronto un alo de brillo metálico dejó su rastro sobre el rostro del cerdo del espíritu verde camuflado militar, Itsy Bitsy sintió como la gelidez de la violencia de su agresor, comenzó a sentirse mas húmeda y caliente, reaccionó de repente y se vio bañada en rojo hemoglobina.  Vuelve en ti Itsy Bitsy, fíjate en los filos que traspasan una y otra vez al cerdo que te violo, date cuenta que por fin ha llegado tu salvador y lo esta desmembrando encima tuyo, fíjate bien en como lo corta y derrama todo un torrente de sangre sobre tu rostro y torso.  Reacciona Itsy Bitsy, que ahora son dos furias las que se baten sobre ti, una lúbrica que perece rápidamente, y una metálica que traspasa las carnes del porcino del espíritu verde camuflado militar.  Vuelve en ti Itsy Bitsy, aunque ya es demasiado tarde, tus esfínteres y mente se han ido a un lugar en el cual no pueden volver.  Vuelve en ti Itsy Bitsy para que puedas salir de esta institución mental.

martes, 23 de noviembre de 2010

LOS ANA NANITA NANA

-Podéis ir en paz.

El padre Alberto con sus brazos extendidos, daba por terminada la misa y dejaba en libertad a todos los creyentes para que pudieran ir a disfrutar su domingo.  Bajó apresurado del altar y casi trotando entró a la sacristía.  Sus ornamentos y enorme sotana blanca iban cayendo al suelo.  El cura quería librarse rápidamente de su uniforme de trabajo, dejando al descubierto una gigantesca panza velluda, que en algo alcanzaban a cubrir unas cafés y escurridas huevas.  Desde que ofició su primera misa, tenía la costumbre de no ponerse nada debajo.

Maria, la joven sacristana voluntaria, esperó a que el templo se vaciara para cerrar las puertas de la iglesia.  Se dio cuenta que era noche, corrió apresurada atravesando el enorme salón repleto de bancas, bellos vitrales, lastimeras figuras de santos mártires y un enorme vacío que producía terror con sólo pensar en pasar una noche a solas en tan horrible bodega.  Llegó a la puerta de la sacristía y la abrió con brusquedad, encontró a la panza peluda y las huevas escurridas acostadas sensualmente de lado sobre una mesa.  Era lívido lo que había en el aire, era deseo lo que goteaba por las piernas de María y era una erección lo que crecía bajo la panza del padre Alberto. 

Como fiera salvaje saltó sobre el cura, tomó su vestido enterizo y lo levantó hasta los senos.  ((Seguro que no hay nadie)), María frenó la pasión y miró hacia la puerta de la sacristía que había dejado abierta.  ((Sí, el otro cura se fue a dar misa a una vereda y no vuelve hasta mañana)).  Maria se sacó por completo el vestido gris de pepas negras y lo tiró sobre la sotana como si las ropas también fueran a fornicar.  No traía ropa interior, nunca se la ponía cuando iba de visita a la iglesia, acomodó su pelvis sobre la del cura y desangraron su pasión.

-Creo que es mejor que te vayas ya.
-Sí, la catequesis sólo dura una hora.
-Me deja bien cerrado cuando salga que últimamente están robando mucho en este pueblo.

El padre Alberto se quedó sólo, desnudo y tendido en su cama, con la maraña de pelos empastada por el sudor.  La sonrisa morbosa de satisfacción sexual no se le borraba de la cara, aún se saboreaba por las mieles de la sacristana, se pasaba la lengua por los labios tratando de recordar cada instante de la sagrada fornicación semanal.  Cada semana hacia el mismo ritual hasta que Morfeo lo arropaba con su manto de sueños, pero no se imaginó que esta noche sería distinta. 

Ya estaba a punto de dormirse cuando escuchó la caída de un objeto afuera de su habitación.  ((¡Sshhu, sshhu gato-gritó-hijueputas gatos)).  No se asustó, pensó que era el mismo gato maliciosos que merodeaba todas las noches sobre el tejado.  En fin, volvió a quedar en un estado intermedio entre el mundo de los sueños y la conciencia, pero el ruido de nuevo lo despertó, ((sshhu, hijueputa gato)).  De repente, una voz infantil muy penetrantemente aguda comenzó a cantar ((anananita nana nanita nana nanita eha)).  El cura Alberto se levantó asustado.

-¡¿Quién esta ahí?!, ¡quien está ahí!-gritó enérgicamente-malparida china dejó la puerta abierta.

Encendió la luz y salió de su pieza pero no encontró a nadie, buscó por toda la casa cural y el templo pero nada divisaba.  Miró todas las puertas y ventanas pero estaban bien cerradas.  Buscó y buscó hasta que se convenció de que estaba sólo.  Regresó a su cuarto y se acostó, pero de nuevo, anananita nana nanita nana nanita eha, mas agudo que la primera vez, anananita nana nanita nana nanita eha, más rápido, anananita nana nanita nana nanita eha, mas agudo, anananita nana nanita nana nanita eha, mas rápido y agudo.  ((¿Quién está ahí? ¿Quién esta ahí?)), gritaba asustado el cura pero no se atrevía a salir mientras los anananita nana nanita nana nanita eha seguían más rápidos y agudos.  (Padre nuestro que estas en el cielo….)), rezaba con la piel erizada de rodillas con un rosario en las manos.  Los anananita nana nanita nana nanita eha se fueron apagando hasta que lo hicieron por completo, Alberto consiguió paz y se volvió acostar. 

Aún alerta, cerró los ojos y ya comenzaba a entrar en sueños, cuando sintió que el pasador de su puerta se corría desde adentro y la chapa comenzó a girar.  El cura aterrado se tapó la cara con su cobija, temblaba de miedo y sintió que se moría cuando escuchó la puerta abrirse por completo y el caminar pausado de un ente que se desplazó por el lado de la cama y entró por la única puerta que tenía el baño de la habitación.  Le temblaban las entrañas, pero las tensionó y sudó el poco valor que le quedaba, levantó levemente la cobija y recorrió con su mirada el cuarto, al no ver a nadie se sintió mas seguro y se puso de pié para revisar el baño.  Camino lenta y tortuosamente, llegó al umbral y se detuvo para observar.  Estaba oscuro y la baldosa fría.  Un helage mortuorio lo invadió y en la penumbra dos ojos rojos iracundos y desquiciados brillaban y quemaban el temor del padre Alberto.  El incandescente resplandor demoníaco cegó al clérigo y una enorme fuerza lo sujetó por los brazos y lo lanzó por los aires hasta su cama.  El cura sentía como el frío lo penetraba e impedía mover el cuerpo y como la fuerza le oprimía el pecho hasta la asfixia.  Ya morado y con pensamientos póstumos en la cabeza, Alberto recordó sus clases de teología y exorcismos, si un ser diabólico no se iba con rezos, entonces era la madre a la que había que invocarle.

-malparido hijueputa espíritu de la mierda, tu madre te parió por el ano al igual que a tus hermanos.  Tu padre era un perro callejero que tu madre enlazaba para que la poseyera….

Quién lo iba a pensar, pero lo cierto es que poco a poco su pecho recobró su expansión normal y el frío aterrador fue abandonando su cuerpo.  Apenas pudo, se puso en pié, tomó su ropa y fue a pasar la noche en casa de una vecina rezandera.

-¿padre que le pasó, que eran esas palabrotas?
-no Estercita, figúrese que me acaban de asustar…

El cura Alberto contó su historia a la feligrés, omitiendo los detalles verdaderamente escabrosos para la profesión sacerdotal.  El padre juró para sí mismo respetar su voto de castidad, pero fue uno de esos juramentos que duran una semana, después de todo es pecado pasar por alto la sagrada fornicación semanal.

jueves, 11 de noviembre de 2010

CUATRO LLANTAS POR BOGOTA

Vagando por más de dos horas, Hernando trataba de buscar clientes. En su pequeño taxi amarillo recorría las calles deshabitadas, en las que la soledad deambulaba por las aceras y el silencio la acompañaba. Las cuatro llantas dibujaban su paso sobre el asfalto y recorrían la ciudad sin ninguna dirección que no fuera una imprevista mano alzada y una billetera capas de pagar la carrera.  Ya para las dos de la madrugada, convencido de que la mayor parte de la ciudad descansaba, tomó rumbo al corazón de la vida nocturna. No le gustaba meterse al Santa fé, pero siempre habían borrachos con plata que se despedían de las mercancías después de que ni el hígado ni el bolsillo aguantaban más y la paciencia de las putas se había acabado.

Las casas viejas y los talleres de mecánica que engrasaban la carretera con su aceite quemado y polvoriento, iban asomándose con la proximidad a la urbe del lenocinio. Subiendo la caracas con mares de hombres borrachos, lujuriosos o algunos ya satisfechos, Hernando se sumerge entre ebrios, putas y luces de neón, dejando tras de sí una estela de hondas que advierten a los clientes de un transporte mediático a los moteles o a sus casas, a dónde llegan a descansar junto a sus esposas con tufo y la billetera vacía.

Comienza a conducir despacio, él también se exhibe para que lo contraten y con paciencia aguarda afuera de los clubes. Se decide por estacionar frente a una enorme y humeada casa que tiene un portal en forma de puerta de cantina del antiguo oeste, las ventanas tapadas y un aviso brillante de un dulce que abre y cierra su envoltura mostrando una sexy muñequita de neon.  En la entrada, resguardando la puerta, están dos hombres corpulentos y una mujer de muestra. No le queda mas que hacer tiempo, la experiencia le ha enseñado que nadie espera mucho en el Santa fé, ni siquiera las sucias que trabajan en las cuadras mas oscuras, exhibiéndose en vitrinas de barrotes y un bombillo que alumbra la pobreza de sus almas.

Llevaba ya diez minutos aguardando, riéndose de las infaltables peleas nocturnas de las putas por algún cliente, cuando sintió que abrieron las dos puertas del costado derecho de su carro. En el puesto de adelante se sentó un moreno alto, con camiseta de béisbol ancha que le llegaba hasta las rodillas, blue Jean amplio, la cabeza rapada y un collar extravagante con dije de signo dólar, que le colgaba hasta la cintura.  Atrás abordaron otros dos con hablado paisa y destilando olor a cigarrillo. ((Cachaco arranca y danos vueltas que necesito encontrar a una pinta que se me perdió)). Hernando dio marcha evitando hablar, a los pasajeros no les importaba, pues llevaban su conversación alicorada y subida de tono.

-Mira parcero, esa sucia de la esquina que esta rechimba-dijo unos de los viajeros que estaba sentado atrás. - ya pasó por este santo cuerpecito.
-¿Sabe que parcero?, de la vuelta por la otra cuadra y le muestro a estos maricas unas costillas deliciosas que trabajan por allí.-dijo el otro que también estaba sentado atrás.
-¿aja y ustedes qué?, ¿muy arrechos?. Acaso se les olvida que estamos buscando al marica de Pito Loco. Compadre no les haga caso y siga dando vueltas-Dijo el que estaba sentado en el asiento de adelante.

Hernando siguió conduciendo entre las impúdicas calles del barrio Santa Fe, dando vueltas exploratorias en busca de un fulano Pito Loco, que al parecer había abandonado a sus amigos.  Los pasajeros continuaban con su parloteo, el aguardiente ya fluía por copas que pasaban de mano en mano, avivando el gaznate de los conversantes.  El olor distraía a Hernando, lo hacia recordar que en dos días ya cumpliría un largo semestre de sobriedad, que le había costado el único placer por el cual en un tiempo estuvo decidido a dar su vida.  Su aliento fiestero y resaca diaria era distinción propia entre sus amigos.  Zambullido entre copas y flotando sobre charlas incoherentes con sus cómplices de parranda, fue perdiendo poco a poco a la bruja gorda y cantaletosa, que sin importar cuantos días pasara por fuera de la casa, siempre estaba alerta y preocupada por el paradero de su marido, y cuando salió volando en su escoba, se llevó consigo al retoño concebido en uno de los muchos taxis en los que había trabajado.  Se dejó de remembranzas y puso cuidado a su camino.  De repente el pasajero de adelante lo hizo frenar de golpe, ((¡para, para cachaco!, maricas mira’ al huevon ese.  Hijueputa tan fresco como se pasea por acá.  Vamos a darle noche buena a ese marrano pa’ que aprenda a ser varón y cumpla su palabra)).  Debajo de su enorme y escurrida camisa, el moreno sacó un revolver plateado con cacha de madera, lo puso entre sus piernas y abrió el tambor para revisar las balas. 

-¿hijueputa vida, en que me metí, en que me metí?- Hernando repetía en su mente
-¿cachaco, si ves al tipo de gorra y camisa amarilla?, acércatele despacio y frena al lado.

Manejó lo mas lento posible, el pié derecho le temblaba y lo tenía listo para empujar a fondo el acelerador cuando el gatillo le diera la orden de partida.  Comenzó a reprocharse a sí mismo el no haber trabajado de día para poder descansar en la noche y así no estar buscando problemas transportando sicarios burdos y mal hablados.  Cuando la nariz del carro ya estaba a diez centímetros del tipo de gorra y camisa amarilla, éste se dio vuelta y sonrió con familiaridad a los hombres que venían en el carro.

-Costeño marica, lo he estado buscando toda la puta noche.  Tome su plata y disculpe la tardanza.
-Eche, que buscándonos ni que mierda, si nosotros no hemos hecho sino joder y tomar en todos estos puteaderos.-El hombre puso el seguro a su revolver, lo dejo entre las piernas y estiró la mano para saludar a su ¨conocido¨.
-Marica tome su plata y gracias.

El costeño recibió un fajo de billetes y comenzó a contar que fuera la cantidad correcta.  Un caudal de sudor frío bajaba por la espalda de Hernando, su piel y los bellos erizados le causaban gran agonía, pero se restableció rápidamente y agradecía a la virgen del cerro de Guadalupe cuya silueta era delimitada a lo lejos por la luz de la luna. 

-Esta completo.  Arranca cachaco-sin un adiós ni aviso de advertencia para el moroso, el costeño ordenó seguir el viaje-Eche, ahora si vámonos a buscar unas muchachonas bien buenas pa’ pasar la noche.

Cauteloso y aún un poco pasmado, Hernando condujo despacio para que los compradores pudieran observar bien detalladamente la exhibición de minifaldas y blusas ombligueras.  Trigueñas, caucásicas, peli rojas, altas, bajitas, gordas y flacas, de todo hay en la viña de los proxenetas.  Un carro no puede estacionar en las atestadas y luminosas calles del Santa fe, sin que un alcahuete se acerque a ofrecer su catálogo de variedades.  Con cara de hastío y sonidos de descontento, los lujuriosos pasajeros no encontraban el dulce ideal para satisfacer sus paladares.  Al final rechazaron los mostrarios y decidieron navegar entre los edificios viejos, llenos de luces y música estridente a todo volumen.  Buscaron por varios minutos sin encontrar unas bragas para quitar, hasta que en un semáforo inútil e irrespetado a esas horas, una bella morena somnolienta y pintorreteada esperaba su bus con unas medias enmalladas, minifalda negra apretada y un escote rojo que apenas cubría el ecuador de sus senos.

-¿Cuánto por la noche, bizcochote?-preguntó el costeño jefe del grupo.
-No gracias corazón, ya me voy a descansar.
-No te vayas que esto se compone, vente con nosotros y la pasamos vacano.
-No, en serio estoy muy cansada-dijo la mujerzuela rechazando su trabajo.
-No seas rogada negra, vente con nosotros que te pagamos bien-dijo uno de los viajeros de atrás.
-No, ustedes están muy borrachos y les da por joder toda la noche.
-¡qué va!-el costeño con risita bulliciosa-nosotros ya estamos borrachos y eso tiramos poquito, ándale que sólo es para pasar la noche.

Terminaron convenciéndola y tomaron rumbo a los moteluchos de la Caracas.  Hernando por fin pudo deshacerse de su carga y añadió unas millas más de historias a su kilometraje de perro viejo conductor.  Cansado y asustado no arriesgó mas por la noche y se decidió por descansar, las luces de los postes le iban alumbrando el rostro de una en una, mientras se deslizaba junto a las alargadas y metálicas estaciones de Transmilenio.  Se percató de un resplandor titilante en el asiento de al lado, miró y sonrió con ironía cuando observó que una bala había escapado de la recámara del revolver y allí, junto a su lado, resplandecía y bailaba con el movimiento del taxi.

lunes, 1 de noviembre de 2010

UN DIA FRIO

Acostado de lado sobre el pavimento, con los ojos entrecerrados para evitar que el salpicar de las gotas le lastimaran los ojos, Antonio ya se resignaba únicamente a ver como el vapor de su aliento se diluía entre los pies de los pocos transeúntes que pasaban a su lado.  Había abandonado la idea de suplicarles ayuda, no aguantaba sentir nuevamente las miradas asqueadas o las expresiones de indiferencia, así que simplemente se dejó caer en la calle, a morir en silencio en medio de la bullosa y fría ciudad, en la que sus quejidos pasaron desapercibidos, ahogados por el fuerte ronroneo de los motores de los coches y los pasos afanados de quienes intentaban buscar refugio de la lluvia.

Con dificultad, aún intentaba mirar hacia el cielo en busca de su divino salvador, pero los enormes y sucios edificios se le interponían, a cambio de eso, le escurrían sus aguas negras, ensopándole aún más la enmarañada y mal oliente barba.  Sentía que hasta los inertes rectángulos de concreto le expresaban asco, rebajándolo a lo más inferior de la existencia, jactándose de sus interiores cálidos, reservados únicamente para los que dignamente aún se les puede llamar ciudadanos.

Ya no sentía el tacto, sabía que todo su cuerpo temblaba por el frío, pero sus extremidades no le respondían.  Tenía miedo, nunca imaginó morir de una forma tan incomprensible, tirado en el asfalto, observando a unos cuantos que pasaban a su lado, sin que les preocupara en lo más mínimo la figura derrumbada ante ellos.  Tenía la certeza de la proximidad del apocalipsis, sin que por su mente se pasara el recuerdo de su familia abandonada, ni la más mínima idea de remordimiento por dejarse caer en aquel abismo sin fondo en el que se convirtió su vida.  La humillación era la única sensación distinta al helage, inundando sus ojos con lágrimas que dolían mientras se formaban bajo sus párpados, llenando de impotencia el poco sentir que aún le quedaba.  Estaba aterrado, le temía a la muerte así viviera a diario en la inmundicia.  Su expresión era la imprenta de la incertidumbre ante los sentimientos muertos de los caminantes que, ante su presencia, se limitaban a ignorarlo.

Con más de una hora sin poder moverse, y con cada célula consiente de su estado de desahucio, llegó el punto en que su mente comenzó a fracturarse.  Tal vez el hielo que le calaba el espíritu se empezó a desquebrajar, haciéndolo sentir una cálida sensación, un estado en el que la conciencia del fin hacía que todo dejara de importar, poniéndolo feliz por cada bocanada de aire que aspiraba, pues con cada una que exhalaba, más se acercaba a la paz.  Entendió que era la muerte que había llegado para reconfortarlo, así que la recibió con amor.

Poco tiempo después, un policía del sector que hacía su ronda en compañía del auxiliar, colmó su paciencia al ver dormido al habitante de la calle.  Se le acercó y con palabras de autoridad lo instó a levantarse, pero ante el silencio, lo pateó con la intensión de conminarlo a dejar su postura, dándose cuenta esta vez que aquello ya no era un humano caído a menos, sino un simple despojo ensuciando la ciudad.  Con su radio reportó al fallecido y dijo la ubicación exacta.  Luego volteó hacia su acompañante y con la mano le indico que debían seguir caminando.

-Vamos, sigamos patrullando.
-¿lo vamos a dejar aquí?.
-¿Quién se lo va a llevar?.

miércoles, 27 de octubre de 2010

MARIO JOSE

Adolorido por su artritis, Mario José intentaba dormir en su celda. Mientras lograba conciliar el sueño pensaba en el sobre falaz. Su piel se erizaba imaginando el papel. Durante cuarenta y cinco años, vio llegar escrita la libertad de otros. Recordó que al inicio el papel era amarillento, el contenido escrito a maquina y las palabras confusas entre las cuales la única que importaba era libertad. Con el tiempo fue cada vez más blanco y grueso, la rústica imprenta de la máquina de escribir fue reemplazada por la clara estampa de la impresora. Ninguno de estos cambios le disgustaba, excepto que quien escribía ahora las ordenes de libertad, ya no se tomaba la molestia de confundirlo con leguaje legal para descrestar.

El guardia tocó los barrotes con su macana con afán de incomodar al huésped. Mario José levantó su cabeza y disfrazó su dolencia con pereza. Se puso en pié y se acercó al guardia. Con cada paso que daba, su corazón se aceleraba más y más. Estiró su brazo pero primero contempló la mano del carcelero, que poseía en ella el sobre que contenía su vida de mañana.  Muy soez lo entregó y se marchó. Mario José con ansias y angustia lo contempló pero no se decidió a abrirlo. Recordó su crimen, que con motivo o no, su vida le costó. Pensó en los cuarenta y cinco años encerrado en la misma celda, recorriendo los mismos patios, haciendo amistades pasajeras o de varias décadas. Teniendo en cuenta que se le encerró poco después de que los diez y nueve cumplió, comprendió que prácticamente se había formado como hombre en medio de criminales y rejas.

Su vida entera había pasado bajo ese techo y con la madurez aprendió que ese techo era su hogar. Allí lo cuidaban cuando se enfermaba, nunca pasó un día entero sin comer y para todos era un hombre de confianza. Mario José se dio cuenta que al salir no tendría donde vivir, sin el tratamiento que el Estado le daba, su artritis empeoraría día tras día.

Agobiado y amargado, su existencia maldecía. Respiró profundo, vio a su alrededor y encontró confort. Amaba su casa de celdas y torretas de vigilancia. Se acostó, su sabana lamió y su penetrante sudor reconoció. Mario José con su conciencia se batió y con su sabana se ahorcó.

jueves, 21 de octubre de 2010

PEQUEÑO ANGEL

Hay una muchacha, no se si la abran visto, que toca violín en el parque nacional junto a la fuente central.  Viste bellas faldas largas, cada una de un solo color, que se derraman varios metros a su alrededor como si el suelo que ella pisara y el que la rodea absorbiera el color de su prenda.  Siempre lleva blusas que le descuelgan en los hombros y muy levemente quedan por encima de la pretina de su falda, dejando ver un leve ápice de luz proveniente de su vientre.  Su cabello rojo y lacio cae siempre sobre su cara como cascada pura de fuego vertida en un manantial, tapando siempre su rostro como bello y mortal secreto nunca descubierto.

Siempre la he encontrado tocando su bello instrumento mágico, con el estuche abierto a unos cuantos centímetros de su alo de tela que la separa del mundo de los mortales y la conserva en un cilindro imaginario de inmortalidad y belleza.  Monedas esporádicas caen en el estuche alimentando el motor de las bellas manos que con gran finura producen bellos sonidos coloridos con sentimientos.  Alguna magia la hace imponer el ambiente en las personas que están en el parque.  Sus notas se esparcen por el viento, llegan a los árboles y se colan entre las ramas y las hojas, avistan a las aves las cuales se deleitan en silencio, el sonido sigue su camino y llego a los pástales en donde los amantes acostados se recubren con el manto de las ondas emanadas por el violín de Pequeño Ángel y se pierden en la pasión ensangrentada que se desata al compás del arco acuchillando las cuerdas.  Más allá del oasis en pleno corazón de la ciudad, el sonido sigue su camino, esquiva los viejos y grandes vagones de transporte que escupen denso humo y llega a los edificios, cuyos inquilinos deleitados suspiran con intensión de absorber la tonada.

Pequeño Ángel todas las tardes con su talento magistral manda y ordena el curso de la vida en el parque nacional.  Tocando su violín, con amor y simpatía, va creando bellas melodías que agradan y embelecen el paladar y el andar de la humanidad que la alcanza a escuchar.  Los pájaros serenos se alimentan en la grama y en conjunto abandonamos la ciudad para ir a danzar por los aires, impulsados por ondas musicales que nos acarician y nos hacen levitar.  Si su tonada es colérica y pesada, nuestras ansias se ponen a flor de piel, las aves revolotean en círculos y los árboles en coro mueven sus ramas para acompañar su furia.  Cuando toca con desolada tristeza los amantes se abrazan y se juran que nunca se van a separar, los solitarios lloramos y entramos en silencio mortal, los animales alados se refugian en sus nidos y se acompañan de su naturaleza ancestral.

Vengo meses viniendo por las tardes a escucharla tocar.  Consulto a mi bolsillo y le doy lo que puedo.
 
El primer día desprevenido andaba por la orilla de cemento que limita la séptima con el parque nacional, ensimismado estaba cuando fui enlazado por su sirénico tocar.  Atado por las ondas, era atraído sometiendo mi voluntad.  Entré emocionado al parque, deseaba divisar el bordoneo que me había atrapado y no me dejaba soltar.  Los árboles se mecían con afán de ocultar y las bancas desiertas me ofrecían antipatía, los novios acostados sobre la grama con desconfianza me miraban.  Todo allí odiaba compartir el sonido escapado del paraíso, querían conservar la quietud y soledad que permitía que la música diera vida a todo un ecosistema surgido en medio de la ciudad.  Caminaba desesperado, quería encontrar el origen de tan bello son.  Ya casi sin aliento y asfixiado, llegué a la fuente principal, aquella que por las noches es bañada en luz de reflectores y molesta a los novios quienes preferirían una noche espectral que fuera cómplice de sus pieles ávidas de caricias nocturnas.  Allí estaba ella, la ví por primera vez, su bella falda roja que se derramaba como sangre por varios metros en el parque, su blusa blanca y artesanal que descubría sus hombros de piel casi irreal.  Me aproximé, me urgía ver su rostro, pero cuando estuve cerca , la cascada de fuego la cubrió.  Su brazo izquierdo sujetaba el viejo violín desgastado por el uso, mientras sus dedos vibrantes producían eco en las cuerdas, su brazo derecho se mecía con el arco en la mano, lenta y sensualmente.

Pasaron días hasta que se me convirtió en rutina observarla.  Siempre quise abordarla y preguntarle su nombre, edad, aficiones y pasiones, pero siempre temí incomodar.  Preguntaba a los visitantes frecuentes del parque por el nombre de la violinista, pero ninguno daba razón más allá de un suspiro.  Me entristecía tener que guardarla en mi mente solamente como la violinista, así que un día decidido me acerqué, me puse frente al estuche y la mire a la cara que como siempre estaba cubierta por una roja aurora boreal, ella sintió mi presencia y alzo su mirada, sin descubrir su identidad, entre las llamas se alcanzaban a divisar unos bellos ojos enigmáticos y egipcios que me observaron por unos cuantos segundos con actitud inquisidora, mis intenciones claudicaron y me sentí mal por frenar la música por unos cuantos segundos.  Avisté la banca más cercana y me senté amargado y cabizbajo, entendí que nunca podría obtener de sus propios labios el nombre que a mi corazón hacia palpitar.  Decidí encontrar una solución y la bauticé con el nombre que primero salió de mi mente al verla detenidamente, Pequeño Ángel.

lunes, 11 de octubre de 2010

EL PERDON DIVINO


Fría madrugada en este ridículo mundo blanco y negro.  La espesa niebla se colaba entre cualquier espacio por el que pudiera entrar a mortificar aún mas a los ya torturados cristianos que habitaban la casa.  La madre despierta desde las cuatro y media, deseosa miraba el reloj con el anhelo de que las manecillas dieran las cinco para ir a cumplir con su morbosa tarea.  Aún inconscientes bajo la protección de Morfeo, pernoctaban las lastimeras criaturas, pero con su inconsciente ya despierto, maldecían a su madre que en instantes atravesaría el umbral de su cuarto y con voz tajante y sin derecho a replica daría la nefasta orden.

-¡A levantarse que hay que ir a misa de seis!

En silencio, con sus ojos aún enlagañados, apretaban su dentadura tratando de no atragantarse con el odio tan enorme que despertaba en sus pequeños y lánguidos despojos que tenían por cuerpo el sinuoso hábito de rendirle culto a un desnutrido y maltratado ídolo al cual sin importar cuanto se le rezara, nunca cumplía con lo pedido.

Después de abandonar su tibio y protector lecho, el petizo Martincito, esperaba que fuera su hermana la primera en sentir las gélidas aguas que salían de la llave como mil cuchillas penetrando hasta el más escondido y recubierto hueso.  A Martín le gustaba bañarse de último para poder jugar con el espejo empañado e imaginar que tanto vapor provenía de una ducha caliente, sin embargo cuando tenía que enfrentarse al grifo, lo hacia despacito y con ternura infantil, como tratando de simpatizarle al agua para que no lo castigara con su helado latigazo.

Ya la familia entera, vestida y arreglada, salía a la calle con sus lúgubres trajes oscuros y desgastados.  Martincito apretado en su vestido que hace mucho debió ser desechado, rogaba a Díos o al mismísimo diablo, que por primera vez en sus cortos años, el doloroso perdón a sus pecados no lo dejara muy maltratado.

La triste ciudad de casas grises y ciudadanos ahumados, rendía su excepción en el templo del sagrado corazón.  La iglesia grande y deslumbrante se erguía frente a una penumbrosa plazoleta llena de prisioneros de fé y creencias.  Cuando se atravesaba la enorme puerta, se veía al fondo esculturas en oro, mármol y vestidas en finas sedas púrpuras y negras. 

El sermón apenas comenzaba y Martín ya sentía sus tripas crujir.  Todos sin excepción alguna escuchaban la palabra de Cristo, y humillados permanecían concentrados.  Cuando había que levantarse se levantaban, cuando tenían que arrodillarse se arrodillaban, todos al unísono guardando una formación perfecta de la cual los espartanos hubieran sentido envidia.

Se acabó la misa, todos los niños eran llevados por sus madres a los aposentos del cura, quien los confesaba en privado.  Todos los pequeños frenaban sus pasos, con el ánimo de que sus padres vieran la angustia que despertaba en ellos el perdón divino.

Los padres tomaban fuertemente de las manos a sus hijos y los tiraban a la fila que en hilera conducía al escucha del divino.  Una vez adentro, Martincito a solas con el cura, se inclinó e hizo lo de costumbre, lo que la santa iglesia mandaba.  Se puso de rodillas frente al cura cuya verga sobre la sotana se alzaba, tomó su miembro, lo introdujo en su boca y comenzó a confesar sus pecados en voz alta.  Cuando el cerdo ayudante de Jesús se sintió saciado, tomó al niño lo inclino y su sucio harapo de pantalón le bajó hasta las rodillas.  ((¡Oh san Martín llena a este niño con tu gracia hasta el fin!, ¡Oh san José, haz que el pequeño ningún pecado vuelva a cometer!)).  El cura continuaba con su retahíla de oraciones mientras penetraba el trasero del pequeño de siete años, que a pesar de su edad ya había sido victima de una inquisición anal.

-¿mijo, qué penitencia le puso el padre Fermín?.
- Díez padres nuestros y no poder sentarme ni dormir boca abajo durante tres días.
- Cosas raras las de mi Díos, no mijo.

miércoles, 6 de octubre de 2010

MARIA

-me alegra que estés aquí.
-¿Cómo estas?.

Recordaba que me había gustado desde la primera vez que la vi, pero para ser sincero, estaba exponencialmente mas hermosa, haciendo que la idealización de la espera por volverla a ver, se tornara un tanto burda ante la bella presencia material que me ofrecía.  Solo me basta decir que de su cabello un tanto oscuro, algunos rayos de oro se derramaban como luz sanadora diluyéndose en hermosa penumbra.  Sus ojos eran miel ebullente, clara, suave y con un movimiento poco perceptible que atrapaba el alma de quien lograra percatarse.

-ahora si dime, ¿Por qué dudaste tanto en aceptar mi invitación?.
-no estaba dudando, sólo que he estado muy ocupada últimamente.

Llevaba dos semanas con una incertidumbre corrosiva.  Desde la última vez que la había visto, que también fue la primera, logré juntar el valor suficiente para llamarla y con indiferencia tajante, respondió a cada línea que torpemente logré articular, en medio de las cuales solo se lograba distinguir una invitación, que tal vez por cortesía o una muy consiente maldad, aceptaba con la condición que llegado el día, ella me llamaría para confirmar el sitio y la hora.  Sobra decir que desde que mi mente tomó conciencia en la mañana, todo el día estuvo fija sobre el recuerdo que logré capturar de aquella figura bañada en fina miel.  Cada hora pasaba con una condenada espera que clavaba en mi impaciencia, cada maldito minuto que iba quedando atrás.  La noche llegó y la posibilidad de su llamada, quedó totalmente aniquilada.  Mi cabeza se mataba tratando de buscar explicación.  Un intento desesperado por no aceptar el hecho de haber sido olvidado por alguien que en realidad no había adquirido conmigo ningún compromiso distinto al recordar mi existencia, como algo diferente que le pudo haber pasado un día cualquiera en una circunstancia no cotidiana, pero sin trascendencia.

Pasaron nuevamente los días y las ganas de volverla a ver pudieron más que mi vergüenza.  Duré diez minutos con el celular en la mano, con su número en la pantalla, dándole la orden a mi pulgar derecho de oprimir el botón de discado, pero mi instinto de supervivencia bloqueaba el comando biológico.

-aló.
-¿María?.
-Sí, ¿con quien hablo?.

¿con quien hablaba?, ¿qué le podía decir?.  Hablas con alguien, un tipo simple que una vez fue alcanzado por el aroma de la miel que derraman tus ojos y que se perdió en tus curvas desquiciantes que desembocaban en el suelo, haciéndome aterrizar en el asfalto frío y duro, obligándome a entender con crueldad que la delicia de tu presencia, es un don no dado a diario a los mortales.  Hablas con aquel, en cuya retina tu silueta quedó estampada, interponiéndose entre mi cotidianidad y un mundo de sueños en el que nuevamente vuelves a tener rostro y color, ese color café claro de aroma suave y terso al tacto. 

De alguna manera no muy ridícula me logré hacer recordar.  Por su parte ella se limitó a la misma excusa que me daría muchas veces desde ese momento en adelante ((que pena contigo, pero es que he estado muy ocupada)), completando con la información que estaba a punto de presentar un parcial, lo cual era un claro requerimiento para que fuera lo más breve posible.  De alguna manera logré que mis sílabas conformaran palabras, que tomaron sentido en medio de una frase temerosa de invitación, que nuevamente fue contestada con que ella me llamaría llegado el día, para indicarme la hora y el sitio.

No hay que decir lo obvio.  Nuevamente amaneció y otra vez mi atención se centró en esperar la más breve vibración de mi celular, en espera de que emitiera esa voz que con la más tenue honda atrapaba mi cordura, pero nunca paso y la noche cerró el día, sepultando mi ansiedad con toneladas de desilusión.

En un punto la resignación ya era material y lo días volvieron a la normalidad con su recuerdo aún vivo, picando mi ansiedad.  María llegó a convertirse en la evocación de una dama blanca que cruzó su magia en mi camino, para estamparse en mis noches profundas de sueños heroicos, en dónde yo sería aceptado sin la más mínima vacilación.

Todos los días las razones eran motivos debatidos en mi mente.  Conjeturas inocentes de por que me podría llamar, y tajantes verdades de sus evasivas.  Lo cierto es que un día equis de mi memoria, tal vez por la maldad y diversión de saber que puede someter, su característico timbre de voz del parlante de mi teléfono me sentenció:

-¿sabes con quien hablas?

Hay una frase que dice: “me dejaste sin aliento”.  Para mi no aplicó, la verdad casi muero asfixiado.  Cada célula de mi cuerpo vibró haciéndome sentir que mi dermis se encogía y mi siempre segura postura, fue cambiada por un devoto mortal sorprendido por la voz proveniente de la estatua de su Dios.  De nuevo me explicaba que la universidad, que su familia, que una cosa, que la otra, en realidad poca atención le presté, lo único importante era que me había llamado, y de la misma manera como a Moisés al inicio no le importaba lo que decían en aquellas tablas talladas en la roca, sino el hecho de que eran centellas divinas las que las escribían, así mismo lo relevante era que me había llamado, esa era la verdadera magia celestial que se manifestaba frente a mi.  Dos horas después volví en mi, para decirle adiós a mi descanso nocturno, reemplazado por una sonrisa deformadora pero tibia.

Una semana mas tarde, luego de dos plantadas más, allí la tenía, la presencia de embrujo que con solo una tarde a su lado, por más de un mes había jalado mi alma en cada momento de ocio y despreocupación.  Fuimos a la bohemia misma convertida en bar, una bella casona antigua oscurecida por la complacencia de la pasión, adornada con extrañas esculturas talladas por tunjos dorados, que desde siempre habían habitado aquella edificación colonial.  El olor de la madera de las columnas, se fundía con los licores, creando así la mas dulce mezcla medieval que mi gusto hubiera probado.

En medio de todo aquello, estábamos ahí.  Cada uno sentado a un extremo de la mesa.  Ella contándome como es ser una deidad, mientras yo simplemente la miraba con asombro y devoción.  Me enloquecía cuando tímidamente me decía que dejara de mirarla de esa forma.  Por mas que me lo dijera, para mí era imposible, era un drogadicto frente a una pila de polvo de hadas, encerrado a solas en una habitación.

La noche fue pasando y de la vela que iluminaba nuestra mesa, emergía una cúpula de luz que nos aprisionaba en nuestra charla.  Todo lo demás desapareció, la casa ya no estaba, ni mucho menos los otros clientes de lugar.  El universo éramos ella y yo.  Me contó de sus dos hermanas, la historia de su madre, el papá complaciente, en fin, toda su mitología que yo quería adoptar como religión.  A pesar de ello, había una certeza, quería gustarle por lo que era, no quería ponerme máscaras ni vestir trajes ajenos.  Su calor me motivaba a ser sincero, mostrarle mi humanidad de la misma forma en que siempre me he visto.

No sé que fue lo que pasó, pero algo en la noche funcionó.  No sé como, pero este simple mortal, tal vez carpintero, arador o poeta de cantinas de tres pesos, estaba bebiendo de los mismos labios de Venus, desesperado por poderme llevar algo de su existencia, pero al mismo tiempo sintiéndome como un piloto japonés que alza vuelo hacia la excitación de la batalla, con la certeza que una vez agotadas las municiones, tendría que dirigirse como proyectil, terminando convertido en cenizas y escombros humeantes.  La convicción de aquel beso, era que luego me dolería el alma al tener ella que regresar al firmamento, para ocupar su lugar lejos de mi simplicidad.

Los días han pasado y todas las madrugas me despierto afiebrado, con el corazón agitado y el vació más hondo en mi vientre, deseando tenerla a mi lado y tratando de convencerme que su existencia es material y no simplemente un maravilloso sueño convertido en pesadilla por la maldita adicción.