martes, 23 de noviembre de 2010

LOS ANA NANITA NANA

-Podéis ir en paz.

El padre Alberto con sus brazos extendidos, daba por terminada la misa y dejaba en libertad a todos los creyentes para que pudieran ir a disfrutar su domingo.  Bajó apresurado del altar y casi trotando entró a la sacristía.  Sus ornamentos y enorme sotana blanca iban cayendo al suelo.  El cura quería librarse rápidamente de su uniforme de trabajo, dejando al descubierto una gigantesca panza velluda, que en algo alcanzaban a cubrir unas cafés y escurridas huevas.  Desde que ofició su primera misa, tenía la costumbre de no ponerse nada debajo.

Maria, la joven sacristana voluntaria, esperó a que el templo se vaciara para cerrar las puertas de la iglesia.  Se dio cuenta que era noche, corrió apresurada atravesando el enorme salón repleto de bancas, bellos vitrales, lastimeras figuras de santos mártires y un enorme vacío que producía terror con sólo pensar en pasar una noche a solas en tan horrible bodega.  Llegó a la puerta de la sacristía y la abrió con brusquedad, encontró a la panza peluda y las huevas escurridas acostadas sensualmente de lado sobre una mesa.  Era lívido lo que había en el aire, era deseo lo que goteaba por las piernas de María y era una erección lo que crecía bajo la panza del padre Alberto. 

Como fiera salvaje saltó sobre el cura, tomó su vestido enterizo y lo levantó hasta los senos.  ((Seguro que no hay nadie)), María frenó la pasión y miró hacia la puerta de la sacristía que había dejado abierta.  ((Sí, el otro cura se fue a dar misa a una vereda y no vuelve hasta mañana)).  Maria se sacó por completo el vestido gris de pepas negras y lo tiró sobre la sotana como si las ropas también fueran a fornicar.  No traía ropa interior, nunca se la ponía cuando iba de visita a la iglesia, acomodó su pelvis sobre la del cura y desangraron su pasión.

-Creo que es mejor que te vayas ya.
-Sí, la catequesis sólo dura una hora.
-Me deja bien cerrado cuando salga que últimamente están robando mucho en este pueblo.

El padre Alberto se quedó sólo, desnudo y tendido en su cama, con la maraña de pelos empastada por el sudor.  La sonrisa morbosa de satisfacción sexual no se le borraba de la cara, aún se saboreaba por las mieles de la sacristana, se pasaba la lengua por los labios tratando de recordar cada instante de la sagrada fornicación semanal.  Cada semana hacia el mismo ritual hasta que Morfeo lo arropaba con su manto de sueños, pero no se imaginó que esta noche sería distinta. 

Ya estaba a punto de dormirse cuando escuchó la caída de un objeto afuera de su habitación.  ((¡Sshhu, sshhu gato-gritó-hijueputas gatos)).  No se asustó, pensó que era el mismo gato maliciosos que merodeaba todas las noches sobre el tejado.  En fin, volvió a quedar en un estado intermedio entre el mundo de los sueños y la conciencia, pero el ruido de nuevo lo despertó, ((sshhu, hijueputa gato)).  De repente, una voz infantil muy penetrantemente aguda comenzó a cantar ((anananita nana nanita nana nanita eha)).  El cura Alberto se levantó asustado.

-¡¿Quién esta ahí?!, ¡quien está ahí!-gritó enérgicamente-malparida china dejó la puerta abierta.

Encendió la luz y salió de su pieza pero no encontró a nadie, buscó por toda la casa cural y el templo pero nada divisaba.  Miró todas las puertas y ventanas pero estaban bien cerradas.  Buscó y buscó hasta que se convenció de que estaba sólo.  Regresó a su cuarto y se acostó, pero de nuevo, anananita nana nanita nana nanita eha, mas agudo que la primera vez, anananita nana nanita nana nanita eha, más rápido, anananita nana nanita nana nanita eha, mas agudo, anananita nana nanita nana nanita eha, mas rápido y agudo.  ((¿Quién está ahí? ¿Quién esta ahí?)), gritaba asustado el cura pero no se atrevía a salir mientras los anananita nana nanita nana nanita eha seguían más rápidos y agudos.  (Padre nuestro que estas en el cielo….)), rezaba con la piel erizada de rodillas con un rosario en las manos.  Los anananita nana nanita nana nanita eha se fueron apagando hasta que lo hicieron por completo, Alberto consiguió paz y se volvió acostar. 

Aún alerta, cerró los ojos y ya comenzaba a entrar en sueños, cuando sintió que el pasador de su puerta se corría desde adentro y la chapa comenzó a girar.  El cura aterrado se tapó la cara con su cobija, temblaba de miedo y sintió que se moría cuando escuchó la puerta abrirse por completo y el caminar pausado de un ente que se desplazó por el lado de la cama y entró por la única puerta que tenía el baño de la habitación.  Le temblaban las entrañas, pero las tensionó y sudó el poco valor que le quedaba, levantó levemente la cobija y recorrió con su mirada el cuarto, al no ver a nadie se sintió mas seguro y se puso de pié para revisar el baño.  Camino lenta y tortuosamente, llegó al umbral y se detuvo para observar.  Estaba oscuro y la baldosa fría.  Un helage mortuorio lo invadió y en la penumbra dos ojos rojos iracundos y desquiciados brillaban y quemaban el temor del padre Alberto.  El incandescente resplandor demoníaco cegó al clérigo y una enorme fuerza lo sujetó por los brazos y lo lanzó por los aires hasta su cama.  El cura sentía como el frío lo penetraba e impedía mover el cuerpo y como la fuerza le oprimía el pecho hasta la asfixia.  Ya morado y con pensamientos póstumos en la cabeza, Alberto recordó sus clases de teología y exorcismos, si un ser diabólico no se iba con rezos, entonces era la madre a la que había que invocarle.

-malparido hijueputa espíritu de la mierda, tu madre te parió por el ano al igual que a tus hermanos.  Tu padre era un perro callejero que tu madre enlazaba para que la poseyera….

Quién lo iba a pensar, pero lo cierto es que poco a poco su pecho recobró su expansión normal y el frío aterrador fue abandonando su cuerpo.  Apenas pudo, se puso en pié, tomó su ropa y fue a pasar la noche en casa de una vecina rezandera.

-¿padre que le pasó, que eran esas palabrotas?
-no Estercita, figúrese que me acaban de asustar…

El cura Alberto contó su historia a la feligrés, omitiendo los detalles verdaderamente escabrosos para la profesión sacerdotal.  El padre juró para sí mismo respetar su voto de castidad, pero fue uno de esos juramentos que duran una semana, después de todo es pecado pasar por alto la sagrada fornicación semanal.

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