miércoles, 27 de octubre de 2010

MARIO JOSE

Adolorido por su artritis, Mario José intentaba dormir en su celda. Mientras lograba conciliar el sueño pensaba en el sobre falaz. Su piel se erizaba imaginando el papel. Durante cuarenta y cinco años, vio llegar escrita la libertad de otros. Recordó que al inicio el papel era amarillento, el contenido escrito a maquina y las palabras confusas entre las cuales la única que importaba era libertad. Con el tiempo fue cada vez más blanco y grueso, la rústica imprenta de la máquina de escribir fue reemplazada por la clara estampa de la impresora. Ninguno de estos cambios le disgustaba, excepto que quien escribía ahora las ordenes de libertad, ya no se tomaba la molestia de confundirlo con leguaje legal para descrestar.

El guardia tocó los barrotes con su macana con afán de incomodar al huésped. Mario José levantó su cabeza y disfrazó su dolencia con pereza. Se puso en pié y se acercó al guardia. Con cada paso que daba, su corazón se aceleraba más y más. Estiró su brazo pero primero contempló la mano del carcelero, que poseía en ella el sobre que contenía su vida de mañana.  Muy soez lo entregó y se marchó. Mario José con ansias y angustia lo contempló pero no se decidió a abrirlo. Recordó su crimen, que con motivo o no, su vida le costó. Pensó en los cuarenta y cinco años encerrado en la misma celda, recorriendo los mismos patios, haciendo amistades pasajeras o de varias décadas. Teniendo en cuenta que se le encerró poco después de que los diez y nueve cumplió, comprendió que prácticamente se había formado como hombre en medio de criminales y rejas.

Su vida entera había pasado bajo ese techo y con la madurez aprendió que ese techo era su hogar. Allí lo cuidaban cuando se enfermaba, nunca pasó un día entero sin comer y para todos era un hombre de confianza. Mario José se dio cuenta que al salir no tendría donde vivir, sin el tratamiento que el Estado le daba, su artritis empeoraría día tras día.

Agobiado y amargado, su existencia maldecía. Respiró profundo, vio a su alrededor y encontró confort. Amaba su casa de celdas y torretas de vigilancia. Se acostó, su sabana lamió y su penetrante sudor reconoció. Mario José con su conciencia se batió y con su sabana se ahorcó.

jueves, 21 de octubre de 2010

PEQUEÑO ANGEL

Hay una muchacha, no se si la abran visto, que toca violín en el parque nacional junto a la fuente central.  Viste bellas faldas largas, cada una de un solo color, que se derraman varios metros a su alrededor como si el suelo que ella pisara y el que la rodea absorbiera el color de su prenda.  Siempre lleva blusas que le descuelgan en los hombros y muy levemente quedan por encima de la pretina de su falda, dejando ver un leve ápice de luz proveniente de su vientre.  Su cabello rojo y lacio cae siempre sobre su cara como cascada pura de fuego vertida en un manantial, tapando siempre su rostro como bello y mortal secreto nunca descubierto.

Siempre la he encontrado tocando su bello instrumento mágico, con el estuche abierto a unos cuantos centímetros de su alo de tela que la separa del mundo de los mortales y la conserva en un cilindro imaginario de inmortalidad y belleza.  Monedas esporádicas caen en el estuche alimentando el motor de las bellas manos que con gran finura producen bellos sonidos coloridos con sentimientos.  Alguna magia la hace imponer el ambiente en las personas que están en el parque.  Sus notas se esparcen por el viento, llegan a los árboles y se colan entre las ramas y las hojas, avistan a las aves las cuales se deleitan en silencio, el sonido sigue su camino y llego a los pástales en donde los amantes acostados se recubren con el manto de las ondas emanadas por el violín de Pequeño Ángel y se pierden en la pasión ensangrentada que se desata al compás del arco acuchillando las cuerdas.  Más allá del oasis en pleno corazón de la ciudad, el sonido sigue su camino, esquiva los viejos y grandes vagones de transporte que escupen denso humo y llega a los edificios, cuyos inquilinos deleitados suspiran con intensión de absorber la tonada.

Pequeño Ángel todas las tardes con su talento magistral manda y ordena el curso de la vida en el parque nacional.  Tocando su violín, con amor y simpatía, va creando bellas melodías que agradan y embelecen el paladar y el andar de la humanidad que la alcanza a escuchar.  Los pájaros serenos se alimentan en la grama y en conjunto abandonamos la ciudad para ir a danzar por los aires, impulsados por ondas musicales que nos acarician y nos hacen levitar.  Si su tonada es colérica y pesada, nuestras ansias se ponen a flor de piel, las aves revolotean en círculos y los árboles en coro mueven sus ramas para acompañar su furia.  Cuando toca con desolada tristeza los amantes se abrazan y se juran que nunca se van a separar, los solitarios lloramos y entramos en silencio mortal, los animales alados se refugian en sus nidos y se acompañan de su naturaleza ancestral.

Vengo meses viniendo por las tardes a escucharla tocar.  Consulto a mi bolsillo y le doy lo que puedo.
 
El primer día desprevenido andaba por la orilla de cemento que limita la séptima con el parque nacional, ensimismado estaba cuando fui enlazado por su sirénico tocar.  Atado por las ondas, era atraído sometiendo mi voluntad.  Entré emocionado al parque, deseaba divisar el bordoneo que me había atrapado y no me dejaba soltar.  Los árboles se mecían con afán de ocultar y las bancas desiertas me ofrecían antipatía, los novios acostados sobre la grama con desconfianza me miraban.  Todo allí odiaba compartir el sonido escapado del paraíso, querían conservar la quietud y soledad que permitía que la música diera vida a todo un ecosistema surgido en medio de la ciudad.  Caminaba desesperado, quería encontrar el origen de tan bello son.  Ya casi sin aliento y asfixiado, llegué a la fuente principal, aquella que por las noches es bañada en luz de reflectores y molesta a los novios quienes preferirían una noche espectral que fuera cómplice de sus pieles ávidas de caricias nocturnas.  Allí estaba ella, la ví por primera vez, su bella falda roja que se derramaba como sangre por varios metros en el parque, su blusa blanca y artesanal que descubría sus hombros de piel casi irreal.  Me aproximé, me urgía ver su rostro, pero cuando estuve cerca , la cascada de fuego la cubrió.  Su brazo izquierdo sujetaba el viejo violín desgastado por el uso, mientras sus dedos vibrantes producían eco en las cuerdas, su brazo derecho se mecía con el arco en la mano, lenta y sensualmente.

Pasaron días hasta que se me convirtió en rutina observarla.  Siempre quise abordarla y preguntarle su nombre, edad, aficiones y pasiones, pero siempre temí incomodar.  Preguntaba a los visitantes frecuentes del parque por el nombre de la violinista, pero ninguno daba razón más allá de un suspiro.  Me entristecía tener que guardarla en mi mente solamente como la violinista, así que un día decidido me acerqué, me puse frente al estuche y la mire a la cara que como siempre estaba cubierta por una roja aurora boreal, ella sintió mi presencia y alzo su mirada, sin descubrir su identidad, entre las llamas se alcanzaban a divisar unos bellos ojos enigmáticos y egipcios que me observaron por unos cuantos segundos con actitud inquisidora, mis intenciones claudicaron y me sentí mal por frenar la música por unos cuantos segundos.  Avisté la banca más cercana y me senté amargado y cabizbajo, entendí que nunca podría obtener de sus propios labios el nombre que a mi corazón hacia palpitar.  Decidí encontrar una solución y la bauticé con el nombre que primero salió de mi mente al verla detenidamente, Pequeño Ángel.

lunes, 11 de octubre de 2010

EL PERDON DIVINO


Fría madrugada en este ridículo mundo blanco y negro.  La espesa niebla se colaba entre cualquier espacio por el que pudiera entrar a mortificar aún mas a los ya torturados cristianos que habitaban la casa.  La madre despierta desde las cuatro y media, deseosa miraba el reloj con el anhelo de que las manecillas dieran las cinco para ir a cumplir con su morbosa tarea.  Aún inconscientes bajo la protección de Morfeo, pernoctaban las lastimeras criaturas, pero con su inconsciente ya despierto, maldecían a su madre que en instantes atravesaría el umbral de su cuarto y con voz tajante y sin derecho a replica daría la nefasta orden.

-¡A levantarse que hay que ir a misa de seis!

En silencio, con sus ojos aún enlagañados, apretaban su dentadura tratando de no atragantarse con el odio tan enorme que despertaba en sus pequeños y lánguidos despojos que tenían por cuerpo el sinuoso hábito de rendirle culto a un desnutrido y maltratado ídolo al cual sin importar cuanto se le rezara, nunca cumplía con lo pedido.

Después de abandonar su tibio y protector lecho, el petizo Martincito, esperaba que fuera su hermana la primera en sentir las gélidas aguas que salían de la llave como mil cuchillas penetrando hasta el más escondido y recubierto hueso.  A Martín le gustaba bañarse de último para poder jugar con el espejo empañado e imaginar que tanto vapor provenía de una ducha caliente, sin embargo cuando tenía que enfrentarse al grifo, lo hacia despacito y con ternura infantil, como tratando de simpatizarle al agua para que no lo castigara con su helado latigazo.

Ya la familia entera, vestida y arreglada, salía a la calle con sus lúgubres trajes oscuros y desgastados.  Martincito apretado en su vestido que hace mucho debió ser desechado, rogaba a Díos o al mismísimo diablo, que por primera vez en sus cortos años, el doloroso perdón a sus pecados no lo dejara muy maltratado.

La triste ciudad de casas grises y ciudadanos ahumados, rendía su excepción en el templo del sagrado corazón.  La iglesia grande y deslumbrante se erguía frente a una penumbrosa plazoleta llena de prisioneros de fé y creencias.  Cuando se atravesaba la enorme puerta, se veía al fondo esculturas en oro, mármol y vestidas en finas sedas púrpuras y negras. 

El sermón apenas comenzaba y Martín ya sentía sus tripas crujir.  Todos sin excepción alguna escuchaban la palabra de Cristo, y humillados permanecían concentrados.  Cuando había que levantarse se levantaban, cuando tenían que arrodillarse se arrodillaban, todos al unísono guardando una formación perfecta de la cual los espartanos hubieran sentido envidia.

Se acabó la misa, todos los niños eran llevados por sus madres a los aposentos del cura, quien los confesaba en privado.  Todos los pequeños frenaban sus pasos, con el ánimo de que sus padres vieran la angustia que despertaba en ellos el perdón divino.

Los padres tomaban fuertemente de las manos a sus hijos y los tiraban a la fila que en hilera conducía al escucha del divino.  Una vez adentro, Martincito a solas con el cura, se inclinó e hizo lo de costumbre, lo que la santa iglesia mandaba.  Se puso de rodillas frente al cura cuya verga sobre la sotana se alzaba, tomó su miembro, lo introdujo en su boca y comenzó a confesar sus pecados en voz alta.  Cuando el cerdo ayudante de Jesús se sintió saciado, tomó al niño lo inclino y su sucio harapo de pantalón le bajó hasta las rodillas.  ((¡Oh san Martín llena a este niño con tu gracia hasta el fin!, ¡Oh san José, haz que el pequeño ningún pecado vuelva a cometer!)).  El cura continuaba con su retahíla de oraciones mientras penetraba el trasero del pequeño de siete años, que a pesar de su edad ya había sido victima de una inquisición anal.

-¿mijo, qué penitencia le puso el padre Fermín?.
- Díez padres nuestros y no poder sentarme ni dormir boca abajo durante tres días.
- Cosas raras las de mi Díos, no mijo.

miércoles, 6 de octubre de 2010

MARIA

-me alegra que estés aquí.
-¿Cómo estas?.

Recordaba que me había gustado desde la primera vez que la vi, pero para ser sincero, estaba exponencialmente mas hermosa, haciendo que la idealización de la espera por volverla a ver, se tornara un tanto burda ante la bella presencia material que me ofrecía.  Solo me basta decir que de su cabello un tanto oscuro, algunos rayos de oro se derramaban como luz sanadora diluyéndose en hermosa penumbra.  Sus ojos eran miel ebullente, clara, suave y con un movimiento poco perceptible que atrapaba el alma de quien lograra percatarse.

-ahora si dime, ¿Por qué dudaste tanto en aceptar mi invitación?.
-no estaba dudando, sólo que he estado muy ocupada últimamente.

Llevaba dos semanas con una incertidumbre corrosiva.  Desde la última vez que la había visto, que también fue la primera, logré juntar el valor suficiente para llamarla y con indiferencia tajante, respondió a cada línea que torpemente logré articular, en medio de las cuales solo se lograba distinguir una invitación, que tal vez por cortesía o una muy consiente maldad, aceptaba con la condición que llegado el día, ella me llamaría para confirmar el sitio y la hora.  Sobra decir que desde que mi mente tomó conciencia en la mañana, todo el día estuvo fija sobre el recuerdo que logré capturar de aquella figura bañada en fina miel.  Cada hora pasaba con una condenada espera que clavaba en mi impaciencia, cada maldito minuto que iba quedando atrás.  La noche llegó y la posibilidad de su llamada, quedó totalmente aniquilada.  Mi cabeza se mataba tratando de buscar explicación.  Un intento desesperado por no aceptar el hecho de haber sido olvidado por alguien que en realidad no había adquirido conmigo ningún compromiso distinto al recordar mi existencia, como algo diferente que le pudo haber pasado un día cualquiera en una circunstancia no cotidiana, pero sin trascendencia.

Pasaron nuevamente los días y las ganas de volverla a ver pudieron más que mi vergüenza.  Duré diez minutos con el celular en la mano, con su número en la pantalla, dándole la orden a mi pulgar derecho de oprimir el botón de discado, pero mi instinto de supervivencia bloqueaba el comando biológico.

-aló.
-¿María?.
-Sí, ¿con quien hablo?.

¿con quien hablaba?, ¿qué le podía decir?.  Hablas con alguien, un tipo simple que una vez fue alcanzado por el aroma de la miel que derraman tus ojos y que se perdió en tus curvas desquiciantes que desembocaban en el suelo, haciéndome aterrizar en el asfalto frío y duro, obligándome a entender con crueldad que la delicia de tu presencia, es un don no dado a diario a los mortales.  Hablas con aquel, en cuya retina tu silueta quedó estampada, interponiéndose entre mi cotidianidad y un mundo de sueños en el que nuevamente vuelves a tener rostro y color, ese color café claro de aroma suave y terso al tacto. 

De alguna manera no muy ridícula me logré hacer recordar.  Por su parte ella se limitó a la misma excusa que me daría muchas veces desde ese momento en adelante ((que pena contigo, pero es que he estado muy ocupada)), completando con la información que estaba a punto de presentar un parcial, lo cual era un claro requerimiento para que fuera lo más breve posible.  De alguna manera logré que mis sílabas conformaran palabras, que tomaron sentido en medio de una frase temerosa de invitación, que nuevamente fue contestada con que ella me llamaría llegado el día, para indicarme la hora y el sitio.

No hay que decir lo obvio.  Nuevamente amaneció y otra vez mi atención se centró en esperar la más breve vibración de mi celular, en espera de que emitiera esa voz que con la más tenue honda atrapaba mi cordura, pero nunca paso y la noche cerró el día, sepultando mi ansiedad con toneladas de desilusión.

En un punto la resignación ya era material y lo días volvieron a la normalidad con su recuerdo aún vivo, picando mi ansiedad.  María llegó a convertirse en la evocación de una dama blanca que cruzó su magia en mi camino, para estamparse en mis noches profundas de sueños heroicos, en dónde yo sería aceptado sin la más mínima vacilación.

Todos los días las razones eran motivos debatidos en mi mente.  Conjeturas inocentes de por que me podría llamar, y tajantes verdades de sus evasivas.  Lo cierto es que un día equis de mi memoria, tal vez por la maldad y diversión de saber que puede someter, su característico timbre de voz del parlante de mi teléfono me sentenció:

-¿sabes con quien hablas?

Hay una frase que dice: “me dejaste sin aliento”.  Para mi no aplicó, la verdad casi muero asfixiado.  Cada célula de mi cuerpo vibró haciéndome sentir que mi dermis se encogía y mi siempre segura postura, fue cambiada por un devoto mortal sorprendido por la voz proveniente de la estatua de su Dios.  De nuevo me explicaba que la universidad, que su familia, que una cosa, que la otra, en realidad poca atención le presté, lo único importante era que me había llamado, y de la misma manera como a Moisés al inicio no le importaba lo que decían en aquellas tablas talladas en la roca, sino el hecho de que eran centellas divinas las que las escribían, así mismo lo relevante era que me había llamado, esa era la verdadera magia celestial que se manifestaba frente a mi.  Dos horas después volví en mi, para decirle adiós a mi descanso nocturno, reemplazado por una sonrisa deformadora pero tibia.

Una semana mas tarde, luego de dos plantadas más, allí la tenía, la presencia de embrujo que con solo una tarde a su lado, por más de un mes había jalado mi alma en cada momento de ocio y despreocupación.  Fuimos a la bohemia misma convertida en bar, una bella casona antigua oscurecida por la complacencia de la pasión, adornada con extrañas esculturas talladas por tunjos dorados, que desde siempre habían habitado aquella edificación colonial.  El olor de la madera de las columnas, se fundía con los licores, creando así la mas dulce mezcla medieval que mi gusto hubiera probado.

En medio de todo aquello, estábamos ahí.  Cada uno sentado a un extremo de la mesa.  Ella contándome como es ser una deidad, mientras yo simplemente la miraba con asombro y devoción.  Me enloquecía cuando tímidamente me decía que dejara de mirarla de esa forma.  Por mas que me lo dijera, para mí era imposible, era un drogadicto frente a una pila de polvo de hadas, encerrado a solas en una habitación.

La noche fue pasando y de la vela que iluminaba nuestra mesa, emergía una cúpula de luz que nos aprisionaba en nuestra charla.  Todo lo demás desapareció, la casa ya no estaba, ni mucho menos los otros clientes de lugar.  El universo éramos ella y yo.  Me contó de sus dos hermanas, la historia de su madre, el papá complaciente, en fin, toda su mitología que yo quería adoptar como religión.  A pesar de ello, había una certeza, quería gustarle por lo que era, no quería ponerme máscaras ni vestir trajes ajenos.  Su calor me motivaba a ser sincero, mostrarle mi humanidad de la misma forma en que siempre me he visto.

No sé que fue lo que pasó, pero algo en la noche funcionó.  No sé como, pero este simple mortal, tal vez carpintero, arador o poeta de cantinas de tres pesos, estaba bebiendo de los mismos labios de Venus, desesperado por poderme llevar algo de su existencia, pero al mismo tiempo sintiéndome como un piloto japonés que alza vuelo hacia la excitación de la batalla, con la certeza que una vez agotadas las municiones, tendría que dirigirse como proyectil, terminando convertido en cenizas y escombros humeantes.  La convicción de aquel beso, era que luego me dolería el alma al tener ella que regresar al firmamento, para ocupar su lugar lejos de mi simplicidad.

Los días han pasado y todas las madrugas me despierto afiebrado, con el corazón agitado y el vació más hondo en mi vientre, deseando tenerla a mi lado y tratando de convencerme que su existencia es material y no simplemente un maravilloso sueño convertido en pesadilla por la maldita adicción.